Opinión
Sábado 18 de Febrero de 2017

Las Brujas de Salem

El escritor Javier Marías sostiene que las redes sociales "han dado alas a las opiniones furibundas y la estupidización.

El escritor Javier Marías sostiene que las redes sociales "han dado alas a las opiniones furibundas y la estupidización. Voy percibiendo que mucha gente que escribe opinión en prensa está más achantada, más temerosa". Una verdad muy de hoy asoma en esta sospecha de Marías: existe un cardumen invisible (él a veces sabe cómo agitarlo) que patrulla furioso por las redes asestando insultos, amenazas o querellas a quienes creen que las cosas también pueden ser de un modo distinto al que defienden los geos de la persecución, de la penalización. Esta frase de Marías me llevó a recordar el entusiasmo de cuando fuimos a ver Las brujas de Salem, de Arthur Miller.

Un grupo de actores en perfecta combustión interpreta esta movida enclavijada aparentemente en el siglo XVII, en un pueblo extraviado de EEUU donde se desliza de repente un alud de inquisiciones, fanatismo religioso, delación, sed de venganza, codicia, sangre, dignidad de unos pocos, derrota.

Arthur Miller es uno de esos escritores que sufrieron la violencia cejijunta del senador Joseph McCarthy entre 1950 y 1956, quien denunció una conspiración comunista que según él recorría EEUU y aquello abrió compuertas para humillar, amenazar, condenar y acallar a periodistas, intelectuales, directores de cine, actores, guionistas, pintores e, incluso, algunos militares. De eso también habla Las brujas de Salem. Y por su exacto desafío el texto se mantiene aún en pie. Vigoroso. Denuncia a tantos histéricos y mierdas que intentan interferir en el pensamiento de un hombre porque piensa distinto. Asustarlo, amordazarlo, darle lecciones o alumbrar la intimidad de sus vicios privados. Aquellos que se sienten llamados por el deber de corregir el descarrilamiento de los que no quieren ir por esos mismos raíles. Pero también señala a esos que se presentan como un quinqué para dar con la avería moral de toda una sociedad de la que en secreto se avergüenzan, como si no fueran ellos mismos.

En Las brujas de Salem hay un personaje extraordinario, John Proctor, que es el que pierde más rotundamente. Un tipo que no pretende que la gente cambie de opinión, sino que prefiere que le dejen tener ideas propias sin dar lecciones a nadie. El fanatismo que le lleva a la horca es el mismo que cerca al hombre desde Altamira. Y viene agazapado tras una fe de las que se imponen calladamente a gritos, una ambición enloquecida, una impostura, un celo político de los que odian la disidencia porque la virtud está en aceptarlo todo.

En esta pieza de teatro no hay actualidad, sino presente. Las redes sociales están ahí para el exhibicionismo y a ratos para alguna buena cosa. Son un falso auditorio donde unos aúllan contra otros como si fuera la vida. Nos han convertido en policías de nosotros mismos. Y con esa miseria se hace el negocio. Molestar es un alpiste barato. Incluso hay quien lo cree un deber sagrado. A este circo sí le sobran animales. Los que insultan a todo el mundo. Por ver si así "achantan". Pero aún no.

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