Opinión
Martes 18 de Mayo de 2010

La víscera de Perón

Reflexiones, por Juan José Giani. La patria también se aloja en los textos. Las pistas que permiten hurgar en el código identitario de una comunidad no sólo se detectan en el vitalismo de sus expresiones, en la perseverante inercia de sus costumbres o en las sonoras regularidades de su desempeño histórico.

La patria también se aloja en los textos. Las pistas que permiten hurgar en el código identitario de una comunidad no sólo se detectan en el vitalismo de sus expresiones, en la perseverante inercia de sus costumbres o en las sonoras regularidades de su desempeño histórico. La palabra puesta en la celebridad de algunos libros agrega indicios sobre el origen y el destino de un pueblo, como si la latencia de un misterio estuviese siempre dispuesta a entregar inagotables riquezas interpretativas. El canon bibliográfico de una nación no es entonces una acumulación sedimentada de modas, sino el testimonio ardiente de una sociedad que contempla su personalidad reflejada en sus páginas.

Ejemplo ineludible de esta inclinación es sin dudas "Martín Fierro". Se encuentra presente en todos los manuales que comentan la vida argentina, con una potencia pedagógica que abre las puertas a cualquier estrategia de abordaje de nuestra trayectoria cultural; y simultáneamente, conserva una complejidad analítica que invita constantemente a lecturas preñadas de irreverencia.

Sabemos que la obra de Hernández se destaca por un doble impacto. El primero, fuertemente impregnado por su contexto de enunciación, remite a lo que cabría denominar la intencionalidad del autor; federal jordanista que procura patentizar la despiadada manera en que el mitrismo gobernante condena a la marginalidad social y la exclusión política al gauchaje desvalido.

Recordemos que Hernández llama a Alberdi el "Platón argentino", pues cree encontrar en su prédica doctrinaria el secreto que permita corregir los desvíos de la torpe modernización que encabeza el Partido Unitario. Si nuestra riqueza productiva anida en los tesoros agropecuarios de la pampa, si aprovechar esa gracia natural es el camino más ubicuo para insertarse sabiamente en el apetecible mercado capitalista mundial, gran necedad entonces servirse de nuestros gauchos como tropa de frontera y no como reconvertido actor laboral en una geografía que conoce como la palma de su mano. Sus burlas al "papolitano que no sabe ni atracar un pingo" apuntan a señalar las ventajas comparativas del criollo frente a un proyecto de purificación cultural que, exaltando las bondades del inmigrante, conduce al menoscabo de nuestra recuperable peonada.

Se combinan entonces en el texto tanto una acusación contra la estatalidad arbitraria del poder porteño (personificada en las patrañas del juez de paz), como una exigencia de reformulación de la organización económica, pasando por un manifiesto social que no consiente la humillación del prototípico sujeto de la patria. Funciona como un discurso que abarca un destinatario bifronte. Por una parte a la élite dirigente, a la que se le demandan impostergables autocríticas conducentes, y por la otra a los sufridos habitantes de la pulpería, de los que se utiliza su singularidad lingüística para convocarlo a sumarse a una lucha que debe contarlo como enfervorizado protagonista.

Ahora bien, a esa primera dimensión de la obra, vinculada diríamos a un efecto inmediato que Hernández procura suscitar, corresponde adicionar otra, tal vez más trascendente. Me refiero al sinnúmero de exégesis que el texto habilitó fundamentalmente a partir de las primeras décadas del siglo XX, con la referencia fundacional de Leopoldo Lugones y su libro "El payador". Prácticamente ninguna corriente político-intelectual relevante en nuestro país se privó de escudriñar en las entrañas explicativas del "Martín Fierro", persuadidas todas ellas de una locuaz idiosincrasia vernácula que se hace oír en los intersticios de sus peculiares sextinas.

Una impresionante polisemia se desprende de esta comprobación, pues las admoniciones que se fueron sucesivamente obteniendo de esas páginas abonaron diagnósticos y vaticinios ciertamente antagónicos. Para muestra vale un caso. En 1948, Ezequiel Martínez Estrada escribe "Muerte y transfiguración de Martín Fierro", y allí afirma que lo más valioso está en la Ida, pues revela la vacuidad del imaginario civilizatorio inaugurado por Sarmiento; naufragio insanable del progresismo que explica la tumultuosa irrupción del horrible experimento peronista. Exactamente en el mismo año, Carlos Astrada, prestigioso sostén filosófico del plebeyo movimiento gobernante, lanza "El mito gaucho", adonde se interesa más por la "Vuelta", pues vincula la integración final del gaucho al nuevo orden con la Comunidad Organizada que parece presidir la gesta antiimperialista que apasiona a la patria.

Resulta por cierto subyugante indagar las causas de la influencia tan intensa y perdurable de la obra. Por supuesto que argumentaciones abundan, aunque vale empezar por la más obvia pero a la vez más sugestiva. Al momento de su publicación y por muchos años, el éxito editorial fue enorme, y el lector mayoritario fue aquel que con sus penurias daba carnadura emotiva al libro. El trabajador de las pampas había ubicado su espejo simbólico.

No obstante, quisiera aquí introducir otra perspectiva. "Martín Fierro" también cautiva porque traduce en lenguaje llano verdades esenciales del mundo, se vale de una jerga localista y sencilla para difundir penetrantes certezas sobre los pesares y esperanzas que atraviesan las peripecias de lo humano. Un refranero donde el costumbrismo retórico se anuda con la interrogación filosófica para hablar de aquello que resulta cercano, aunque allí se alojen enigmas plenos de aleccionador universalismo. La rítmica sentenciosa de la poesía hernandiana mixtura el saber anónimo pero vigoroso del pueblo con el comentario certero respecto de las coyunturas que moldean el apotegma político o la pontificación existencial. "Al que nace barrigón es al ñudo que lo fajen", metáfora que asentada en una cotidianeidad física nos indica la renuencia insalvable de algún sujeto para asimilar transformaciones mal orientadas.

Perón, sabemos, era un minucioso lector del gran texto argentino, preocupado como siempre estuvo por ensamblar su afanosa lectura de los clásicos del pensamiento occidental con las napas subterráneas de la mejor cultura latinoamericana. Licurgo y la etimología araucana imbricados para alumbrar un pensamiento siempre oscilante entre la erguida singularidad de las naciones y el irrebasable curso perfectivo de los tiempos modernos. Pues bien, Perón recogió sin dudas la impronta refranera del "Martín Fierro", una fusión entre sarcástica y educativa que procura que al oído simple del hombre de pueblo le llegue sin fatuos ornamentos una reflexión incisiva sobre los avatares del acontecer político. Listado frondoso de frases austeramente célebres, pues en su despojamiento ejemplarizante hermana el esmero conceptual del intelectual con la pretensión disuasiva del estadista. Recordemos aquí uno de sus definiciones más conocidas. "La víscera más sensible del hombre es el bolsillo", chispeante pronunciamiento organicista que en algún sentido sintetiza extensísimas teorizaciones acerca de las determinantes influencias de la materialidad económica sobre el comportamiento de los pueblos. Mirada punzante sobre la inanidad de un programa de gobierno que no atienda como tarea primordial las necesidades básicas insatisfechas de las clases más carecientes. Perón hablaba de su inmediatez, cuando opositores frustrados no advertían hasta qué punto la justicia social alcanzada ninguneaba malestares de otra índole. El fifty-fifty cotizaba más que las quejas republicanas. Vista en nuestro presente, aquella consigna amerita ser revisitada.

En lo que tiene de cierta, cabe señalar que el menosprecio al incordio del fenómeno inflacionario socava la legitimidad social de cualquier gobierno. Golpea al pobre más que a ninguno. En lo que

tiene de errada, la influyente clase media argentina ha demostrado que a veces no vota contando billetes. Arduo (pero ineludible) desafío para el kirchnerismo, el de saber encontrar la fórmula para controlar los precios sin abandonar su loable keynesianismo, y el de diversificar una agenda de gestión que rompa su sólido aislamiento respecto de aquellos que esperan algo más que una mejora en su economía hogareña.

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