Opinión
Miércoles 22 de Marzo de 2017

La suerte de caer en la escuela pública

"Gracias por estos 20 años de vida!", pidió Agustina que escribiera en un libro del cual se había autoconvencido que estaba allí para "dejar mensajes " y "agradecimientos", y en realidad era de movimiento interno de personal. Fue el domingo pasado en el Hospital San Juan de Dios de La Plata, donde en 1997 fue operada del corazón. En aquel momento sus expectativas de vida eran mínimas. Y aunque ella es muy creyente, no hubo un milagro que la salvara sino un equipo de profesionales, con una médica a la cabeza, de la cual lamento no tener registro de su nombre. Agustina es mi mamá, tiene 85 años y quiso viajar hasta La Plata "para dar testimonio" de la suerte que tuvo de haber "caído" en manos de la salud pública. Porque es la salud pública la que le salvó la vida.

A diario la escuela pública le salva la vida a miles de chicos, o al menos se las cambia, les muestra otros horizontes. Hace poquito una joven egresada de un secundario de Tablada contaba en una entrevista publicada en La Capital (sábado 11 de marzo) que pensaba que su vida iba a ser igual a la de su mamá: quedar embarazada a los 14 años y que su marido le pegue. Sus profesores le demostraron que no era "natural" que se violente a las mujeres y que ella podía tener otro destino. Y lo lograron. También otra compañera compartía entre lágrimas que las docentes de su escuela la acompañaron en el velatorio de dos sobrinos asesinados. Vive en un barrio donde las balas son cosa de todos los días. "Ellos estuvieron ahí, me hicieron sentir alguien", decía la joven. Abrazos indispensables de escuela pública para poder aprender luego lengua, matemática, historia y que la vida tiene un valor.

No sorprende que el presidente Mauricio Macri haya dicho con total naturalidad: "Hay una terrible inequidad entre aquel que puede ir a una escuela privada versus aquel que tiene que caer en una escuela pública". Para él, y para su equipo, todo lo público es un castigo. Una suerte de mal que hay que erradicar. El ministro de Educación de la Nación, Esteban Bullrich, es el gerente indicado para hacerlo. Llegó para hacer un negocio de la educación pública, y para eso el primer paso es destruirla y descalificarla, empezando por sus docentes. Si la educación fuera una prioridad, como repiten sin ningún pudor quienes en realidad quieren convertirla en un bien comerciable, cumplirían con leyes como las de financiamiento educativo y de educación nacional.

Muchos de quienes hoy son funcionarios en el gobierno no pasarían el primer año en una Universidad pública. Alcanza con leer la pobreza intelectual con la que el ministro Bullrich se comunica por las redes sociales. O sitios que eran valiosos medios de comunicación y de formación hasta la llegada de Cambiemos, tales como el portal Educ.ar o el Canal Encuentro. Ni hablar de que ya no se reparten libros en las aulas, y que las pocas "ideas" que aparecen hablan ligeramente de neurociencias (el negocio que tiene en mano su amigo Facundo Manes) como lo "novedoso" para las escuelas o por qué no formar una "agencia de talentos" en lugar de garantizar la ley de educación técnica profesional.

La apuesta del gobierno es desprestigiar a la escuela pública. Y otra estrategia para eso, además de los "operativos de evaluación", es dividir a los educadores que trabajan en la enseñanza privada de aquellos que trabajan en la pública, justo cuando más unidos se encuentran transitando la pelea por el presupuesto, por una educación inclusiva, de calidad, que nada tiene que ver con la mercantilización educativa, que es el verdadero fin de Cambiemos.

Los abrazos, una lágrima contenida, un moco limpiado sobre el delantal de la maestra en la escuela pública, valen tanto como una prueba bien resuelta, un experimento logrado o un cuento leído con placer que también se aprenden en las aulas de la educación pública. Algo que no entra en absoluto en los planes de lucro del gobierno de Cambiemos.

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