Opinión
Lunes 30 de Enero de 2017

La radio vieja

Hay una razón escondida en la costumbre de dar alma a los objetos; puede ser cualquiera, la más ridícula, pero la mayoría de las veces está relacionada con haberlo transformado en una cajita de recuerdos.

Hay una razón escondida en la costumbre de dar alma a los objetos; puede ser cualquiera, la más ridícula, pero la mayoría de las veces está relacionada con haberlo transformado en una cajita de recuerdos. Pasa con cualquier cosa, con un encendedor, con una lapicera, con una radio, como la Tonomac Platino comprada en larguísimos plazos, de la que una madrugada de marzo de 1986 se escuchaba el reporte del bombardeo de Estados Unidos que el embajador de España en Libia daba al servicio internacional de Radio Exterior ibérico, relatando cómo caían las bombas a pocas cuadras de su residencia. Informe que no daba Radio Berlín oriental, La Voz de las Américas, la radio exterior cubana o el servicio internacional de propaganda rusa. Esos recuerdos son aquilatados, de seguro, en los caños despintados de triciclos, ponys a pedales, autitos de chapa como los que usaba Fangio para ganarse la categoría de leyenda, los menos comunes remos, esos triciclos que se impulsaban con dos manijas que también eran un manubrio, y las eternas bicicletas, además de los autitos de colección prolijamente chocados y masacrados. También están las muñecas, alguna pieza de lata un jueguito té. Todos esos objetos son guardianes de vivencias intransferibles que vuelven difuminadas una y otra vez por el paso del tiempo. Suenan raras tales cosas en días en los que un celular se agota en dos años, las tablets, smart TV y notebook que en ese mismo lapso deben ser renovados. Y sin embargo, no son pocos los que peinan cada vez menos cabellos pero que guardan, en un cajón del mueble más descangayado, un peluche de elefante azul que le regalaron los abuelos.


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