Opinión
Domingo 12 de Marzo de 2017

La pulseada socialista

El gobernador se pronunció a favor de la incorporación de "nuevas caras e ideas" en el partido de gobierno. Cerca de Bonfatti creen que Lifschitz intenta buscar su propia reelección.

El 2017 es un año electoral, pero las particularidades y el contexto del país, de la provincia de Santa Fe y de la ciudad de Rosario pondrán en una extensísima pausa el interés de la sociedad por la campaña.

En el marco de tensiones sociales diversificadas y de un cuadro económico sin motivos para la ilusión inmediata, los partidos y los frentes políticos tendrán un condimento extra a la hora de intentar entusiasmar a los electores.

Uno de los grandes interrogantes en Santa Fe es la manera en que el Partido Socialista saldrá a la cancha a la hora de armar listas, se estima que sin el concurso homogéneo del radicalismo a su lado, algo que fue una constante en los últimos años. La aparición en escena de Cambiemos modifica el cuadro de situación en el Frente Progresista, hasta tal punto que si la UCR institucionalmente decide jugar un partido aparte, hasta el nombre de la coalición deberá modificarse en las nóminas electorales.

Pero eso, ni de lejos es lo más importante. Por primera vez el socialismo va camino a tener un liderazgo bifronte, encapsulado en los nombres de Miguel Lifschitz y Antonio Bonfatti. Hasta el último turno de las elecciones a gobernador, nada se hacía en el partido de la rosa sin el guiño de Hermes Binner.

La historia cuenta, incluso, que el primer gobernador socialista de la Argentina estuvo a punto de quedarse con una nueva candidatura en 2015, algo de lo que desistió a las pocas horas.

Cambio de mando

Binner sigue siendo diputado nacional y dirigente clave en el partido, pero las nuevas referencias por el transcurso del tiempo y la lógica ponderación de flamantes realidades se trasladaron al actual gobernador y al presidente de la Cámara de Diputados, que lejos están de pensar lo mismo frente a lo que viene.

Lifschitz hizo declaraciones el lunes pasado que impactaron de lleno en la interna no visible del PS. "Para las próximas elecciones quiero un Frente Progresista con nuevas ideas, con nueva gente y renovado en su dirigencia. Un Frente Progresista que pueda ser protagonista del tiempo que viene en la provincia de Santa Fe y en Rosario. Estamos viviendo tiempos de cambio en la Argentina", sorprendió el gobernador.

Esos dichos tienen una explicación en las encuestas que periódicamente lee el titular de la Casa Gris, y que muestran una caída de la palabra "socialismo" en la consideración de los rosarinos tras casi 27 años de gobierno de ese signo político. El gobernador cree que es momento de impulsar un cambio de fachada y mixturar las listas con candidatos que provengan de franja etaria.

En el sector que no abreva en el lifschitzmo, esas palabras del ingeniero rosarino son tomadas con sorna. Creen allí que las verbalizaciones obedecen a un intento de Lifschitz de crear una estructura propia más amplia que, si las circunstancias políticas se dan, empalme con una reelección en 2019, reforma constitucional mediante.

Esta semana los ánimos volaban entre los dirigentes que están cerca de Bonfatti. El mandatario provincial, a la par que exigió "nuevas caras y nombres" en la coalición, tomó distancia pública de la decisión de la conducción del bloque socialista de echar a Rubén Giustiniani del Interbloque.

"Nos molestaron mucho esas declaraciones de Miguel. El sabía lo que se venía con Giustiniani, quien nos votaba todo en contra y nos mandaba a las reuniones a (Silvia) Augsburger para espiar y contárselo a la oposición", dijo un diputado provincial a LaCapital.

En verdad, la salida de Giustiniani del Interbloque le permitió airear la relación con los diputados radicales, que se quejaban de las rebeldías del ex senador nacional a la hora de las votaciones. "O se iba Giustiniani o se iban los radicales", amplificó la fuente.

Lo que en algún momento deberán tener en cuenta los socialistas es que la realidad política de la provincia de Santa Fe no admite más divisiones entre ellos. No habrá Bonfatti sin Lifschitz ni Lifschitz sin Bonfatti. La única chance que tiene el médico de Las Parejas de volver a ser gobernador está vinculada a la gestión que haga Lifschitz. Y, desde el otro lado, si no hay un aval explícito del bonfattismo al actual mandatario la administración no podrá estar a la altura de las circunstancias.

Toda la catilinaria de Lifschitz respecto a la necesidad de renovación en el partido de gobierno y el Frente Progresista van de la mano con la intención de llevar a Pablo Javkin como primer candidato a concejal, tal como adelantó este diario el domingo pasado. Ayer, los socialistas sentaron a Javkin en la primera fila del Cemupro (el think thank del progresismo), algo que no hubieran hecho en otros tiempos. Cambiamos.

A concejal, el socialismo no tiene ningún candidato propio en condiciones de ganar los comicios sin traumas, pero no por ausencia de dirigentes calificados sino por el desgaste del tiempo transcurrido. Además, a diferencia de una elección a cargos ejecutivos, en comicios de mitad de mandato la sociedad se da todos los gustos y aplica votos castigo sin complejos.

Tampoco le será fácil a un extrapartidario, ni mucho menos, porque la oposición pegará ese nombre al del socialismo. Por lo pronto, en el partido de gobierno tienen fundados respaldos para Verónica Irízar, un buen nombre para seguir ocupando la banca en el Palacio Vasallo.

A diputado nacional, la situación es diferente. El único candidato visible, con votos propios y en condiciones de ganar los comicios es Bonfatti. El presidente de la Cámara baja, sin embargo, hoy no tiene demasiadas ganas de convertirse en postulante, mucho menos desde que leyó declaraciones del ministro de Gobierno, Pablo Farías, diciendo que al Ejecutivo no le importaban demasiado las elecciones a legislador nacional.

Cerca de Lifschitz, si no es Bonfatti el candidato, apuestan a "nombres nuevos", a "renovación". Mencionan a Maximiliano Pullaro, Luis Contigiani y Claudia Balagué, entre otros y otras.

El 2017 se presenta para el PS como un año bisagra: no podrá dejar de ser competitivo electoralmente. Para eso, necesita recuperar el affectio societatis. Aunque haya un poder bifronte.

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