Opinión
Sábado 18 de Marzo de 2017

La pelea en la iglesia

Nada podía presagiar el suceso cuya violencia explosiva se magnificó, y mucho, por el escenario; un hecho impensable en una iglesia, un recinto de paz recoleta en el centro donde hasta los ruidos del tránsito se apagan. Una paz que dos linyeras, jóvenes, hicieron añicos en instantes.

Nada podía presagiar el suceso cuya violencia explosiva se magnificó, y mucho, por el escenario; un hecho impensable en una iglesia, un recinto de paz recoleta en el centro donde hasta los ruidos del tránsito se apagan. Una paz que dos linyeras, jóvenes, hicieron añicos en instantes.

El templo es hermoso aunque un poco oscuro cuando no está iluminado. El párroco es benévolo con la corte de los milagros que se alinea en la escalera de ingreso. Allí se amontonan mujeres con chicos o solas y hombres que piden alguna ayuda. No siempre son los mismos y la cantidad varía con las fechas, para las Pascuas todos quieren vender ramas de olivo. No sólo la miseria los empuja a ese lugar donde encuentran un poco de piedad, muchas veces es la sinrazón sobrevenida por una vida tormentosa.

Entre esos estaban estos dos, uno tendría unos 35 años y el otro unos 25, flacos, petisones. Por lo general se sentaban en los reclinatorios de atrás, en silencio, tratando de expiar quién sabe qué pecados. Ese día, el más joven entraba en forma destemplada a la iglesia y tras unos segundos cerca de la pila de agua bendita, volvía a salir de la misma manera. El otro, el más viejo, lo observaba con inquina desde el último banco. Por fin lo reconvino agriamente y se desató la tormenta.

Las trompadas empezaron en el templo pero rápidamente los contendientes salieron de la iglesia y la siguieron en la vereda. En un momento, quedaron aferrados y resoplando cayeron a la calle, cerca del cordón. De pronto, el más joven vio que su oponente ya no tenía oportunidad y quizás iluminado quién sabe por qué cosa, lo soltó, se levantó y aguantó en silencio las amenazas del otro, para después marcharse.

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