Opinión
Miércoles 29 de Marzo de 2017

La noche en el balcón

La calle da un espectáculo incesante, polícromo, inagotable. Y cada porción del día tiene paisajes diferentes, hasta antagónicos aún desde un mismo punto de observación.

La calle da un espectáculo incesante, polícromo, inagotable. Y cada porción del día tiene paisajes diferentes, hasta antagónicos aún desde un mismo punto de observación. A las seis se encienden las luces de las panaderías, las siete y media se da la película de apuros y nervios frente a las escuelas, que se repetirá _con más luz_ a las doce y media; entre las 8 y las 9 se desperezan los supermercados, las carnicerías y las verdulerías, media hora más tarde empiezan a aparecer las chicas que abren las boutiques, las zapaterías y las pilcherías del centro y de ahí hasta el crepúsculo todo es un borrón de gente que va y viene. A las siete, siete y media de la tarde las persianas empiezan a bajarse, las puertas se cierran con cadenas y candados y el silencio empieza a ganar espacio. Solo los bares estiran las horas de encuentros y placeres.

Con Júpiter apareciendo en el telón negro de la noche empieza otra vida, sutil, donde las sombras sacan carta de cuidadanía, las conversaciones se convierten en susurros, las luces de los coches disparan sobresaltos innecesarios y las sirenas de las ambulancias causan tajos profundos y lejanos al silencio.

Los ciclistas parecen fantasmas solitarios acompañados por una lucecita mientras sus piernas suben y bajan acompasadamente; inaudibles también se desvanecen entre las sombras. Las hojas de los árboles, movidas por el viento, crean figuras extrañas al interrumpir el haz de luz del alumbrado público. Y conforme avanza la madrugada, apenas algún gato que busca pájaros o palomas dormidas pone una nota de tensión en el ambiente.

El paso del barrendero da la primera pista de un nuevo día y los ómnibus terminan de romper el sortilegio de las horas de calma.

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