Opinión
Domingo 19 de Febrero de 2017

La misma vida

Son pocos los que se sienten a gusto con los cambios permanentes. Quizás por el temor a lo que vendrá, quien más, quien menos, necesita un marco de referencia.

Son pocos los que se sienten a gusto con los cambios permanentes. Quizás por el temor a lo que vendrá, quien más, quien menos, necesita un marco de referencia. Quiere ver que el florista de la esquina está con el mismo quiosco y hasta el mismo tipo de flores, igual el diariero y el mozo del bar al que acostumbra a ir, donde se sienta en el mismo lugar.

De alguna forma, ese conservadurismo resulta raro porque todo tiende a modificarse, aunque en forma imperceptible. Y eso es tranquilizador. Porque ¿qué pasaría si al salir a la calle los colectivos se desplazaran en silencio sobre el asfalto suspendidos por una fuerza desconocida y sin fumigar la ciudad, si los taxistas contaran con un artilugio mágico que los privara de la bocina; si Maipú, Laprida, Entre Ríos, San Juan y San Luis (por nombrar algunas) tuvieran varios carriles aéreos superpuestos que convirtieran los embotellamientos en un completo anacronismo, si los que sacan a pasear los perros pudiesen prescindir de las correas?

¿Qué catástrofe apocalíptica supondría que los contenedores retaran a los vecinos que tiran basura (papelitos, bolsas de residuos, colchones, cocinas) en las veredas y les generara un poquito de culpa por su escasa urbanidad; o que los motociclistas no invadieran las sendas para bicicletas con deleznable prepotencia, o que quienes estacionan en doble fila en los colegios y expulsan a los transportes escolares les doliera un dedo?

Mejor que no. Por ahí resultan necesarias esas cosas que llegan a molestar pero crean ese ambiente que resulta familiar. Son como una especie de tapialito que frena el temor a lo desconocido, a las dificultades que vendrán.

Guarda el semáforo en rojo.

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