Opinión
Sábado 25 de Febrero de 2017

La mesa en huelga

La mesa (una mesita, bah, de esas marrones de caños que se usaban como auxiliar de los escritorios para apoyar las portentosas Olivetti Lexicon 80) está con las patas al cielo

Imposible que ojos apenas curiosos no la vean, está arriba de un armario de metal con una puerta abierta que invita inútilmente a dejar en los estantes algún bibliorato, al lado de un archivero que extraña las carpetas de cartulina con bordes de lata terminados en ganchitos y con las fauces abiertas que muestran la oscuridad de la nada. La mesa (una mesita, bah, de esas marrones de caños que se usaban como auxiliar de los escritorios para apoyar las portentosas Olivetti Lexicon 80) está con las patas al cielo, como llevando esforzada y tozudamente una protesta inanimada vaya a saber alguien por qué atropellos. Está en huelga, es algo serio, no es un paro por 24, 48 o 72 horas (¿por qué no dejan de hacerse los científicos y disponen paros de uno, dos o tres días y le ahorran las cuentas a la gente?), es por tiempo indeterminado, y no de brazos caídos sino de patas levantadas. Pasan los días, los meses y sigue negándose a sostener algo sobre el lomo. Tiene apoyo moral en el depósito (uno de ellos) del edificio centenario del diario, zorras cargadas con diarios atrasados (nunca, pero nunca se les dice viejos), revistas impresas hace años, más archivos y armarios, alguna mesa de clasificación de pliegos que usaban antes los gráficos para armar los ejemplares, de ésas que miden cuatro metros por uno y medio con patas tan gruesas que pueden sostener un trasatlántico y una fundidora de los ya lejanísimos lingotes de plomo para las líneas de composición de las linotipos y las tituleras, entre otros cachivaches.

Alguien tiene que decirle que su protesta exquisita no tiene sentido, que esos tiempos se han ido irremisiblemente.

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