Opinión
Viernes 11 de Agosto de 2017

La lógica no oportunista

Escenario. El gobierno global impone una libertad que ha extendido su influencia a todos los campos y relegado la igualdad a una cuestión de voluntarismo. Sus efectos son el ocaso del sistema bipartidista.

La tarde del primero de abril de este año, en Buenos Aires, asistí al paso de una multitud con banderitas argentinas y las únicas consignas que se escuchaban eran los murmullos de las conversaciones. Estaba en las inmediaciones del Obelisco y me acompañaban un politólogo español y una ex diputada del Partido Socialista Obrero Español (Psoe). Los dos visitantes me preguntaron por las razones de aquella movilización. Como había llegado con ellos en la víspera, procedentes los tres de Madrid, no podía precisar el propósito ya que para vincularla al oficialismo me parecía numerosa y la única efeméride que tenía presente se conmemoraba al día siguiente. Según nos acercamos a plaza de Mayo salimos de dudas. ¿Quién convoca? ¿Cuál es el referente del acto? ¡Los balcones están vacíos! Mis amigos no salían del asombro. Aquella marcha, de la que no se habló demasiado y cuenta mucho de una realidad que no es privativa de los argentinos, expone un marco referencial que no se termina de revelar en esta campaña electoral.

Ese día, el 1º de abril, la gente no salió de su casa impulsada por un llamado masivo del oficialismo porque éste temía que nadie o casi nadie abandonara el hogar. Con este dato no termina el planteo, por el contrario, empieza: después de la marcha, el gobierno se encontró con la ausencia de pericia para administrar esas voluntades. ¿Acaso podría ser de otro modo si el relato es líquido y fútil en cada una de sus variantes? Ante eso, el voto no puede ser otra cosa que volátil.

Cuando se recurre al anclaje ideológico el relato tampoco se muestra permeable a la sensibilidad de los ciudadanos. Alejandro Rozitchner afirma que «la ideología es la neurosis de la historia» (La evolución de la Argentina, Mardulce, 2016). El filósofo oficialista apela indirectamente sin duda al fin de la historia e intenta regresar a ella como arqueólogo; si, por el contrario pensara que esta ha vuelto a comenzar en lugar de concluir, la abordaría en algo que puede ser más cercano a su especificidad, la epistemología. Estamos ante problemas nuevos pero sobre una misma matriz: se trata de impedir la contracción de la democracia en tiempos difíciles, distintos, en los que libertad e igualdad se han convertido en un oxímoron.

El gobierno global impone una libertad que ha extendido su campo rompiendo todos los límites de control posible y relegando la igualdad a una cuestión de voluntarismo. Este entorno global no tiene gobernanza política: la ejerce el poder económico. Cuando se produjo el Brexit, la primera reacción del FMI y del Banco Central Europeo estuvo centrada en la volatilidad financiera; la social, consecuencia del resultado de aquel referéndum no parecía estar en ninguna agenda política.

Los efectos devastadores de este escenario se traducen en el ocaso de los sistemas bipartidistas e, incluso, de partidos históricos como ya ocurrió con la Democracia Cristiana en Italia, el Pasok en Grecia y ahora con el socialismo francés. Jürgen Habermas dijo que Emmanuel Macron cruzó una línea roja al ser el primer francés que da por disuelto el eje izquierda/derecha. Nadie, desde 1789, había osado en Francia hacer tal planteo.

Macron es hijo de su tiempo. Trump, también. El problema, al igual que Macri en Argentina, es que no llegan para aportar soluciones superadoras pero atraen con relatos que circulan por autopistas veloces que no se detienen en los cruces dialectales de la política para construir vínculos sociales: avanzan, periféricos al conflicto, al igual que la autopista Arturo Illia abraza a la Villa 31 a su paso por Retiro.

Detrás de todos estos relatos líquidos, desde el neoliberalismo progresista de Macron —que se volverá a topar con Le Pen ya que el problema sigue ahí— al nacionalismo proteccionista de Trump, hay elementos esenciales y transversales que responden, como afirma el sociólogo Joan Subirats, a una lógica oportunista que intenta capitalizar el rechazo a la política tradicional para ocupar espacios vacíos. ¿Acaso el giro en el relato de Cristina Fernández no responde a esa lógica? ¿No es Unidad Ciudadana un constructo que busca alejarse a la vez que enfrenta a viejos aparatos como, por ejemplo, el Partido Justicialista?

¿Es el fin? No. Hay una lógica no oportunista, siguiendo con la idea de Subirats, y es la que construye espacios en los que prima la libertad, la igualdad y los derechos fundamentales. Esto puede surgir, por ejemplo, desde las organizaciones sociales como ocurre en Madrid o Barcelona, donde distintos colectivos cogobiernan con el Psoe, Podemos e Izquierda Unida o con estructuras tradicionales que asumen este tiempo en términos proactivos y consiguen aggiornarse tal como ocurre en Portugal con el gobierno de los socialistas y el Bloco de Esquerda.

No es la disolución de la política, al menos en términos absolutos, es la posibilidad de construir algo nuevo. Ocurre que además de planificarlo, hay que saber contarlo. En España, por ejemplo, la consigna «sí, se puede» surgió espontáneamente en la calle, durante el 15M. Después la adaptó Podemos para sus actos. En Argentina, Cambiemos. Y no es lo mismo.

En ninguno de los tres casos.

Miguel Roig

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