Opinión
Jueves 05 de Enero de 2017

La lámpara

Parece un soldado de la reina que monta guardia en las puertas del Palacio de Buckingham, o un baobab, un mástil sobreviviente de un naufragio tenebroso, la pala corta de un horno de pan, un faro, eso es lo que más se asemeja en realidad a una lámpara.

Parece un soldado de la reina que monta guardia en las puertas del Palacio de Buckingham, o un baobab, un mástil sobreviviente de un naufragio tenebroso, la pala corta de un horno de pan, un faro, eso es lo que más se asemeja en realidad a una lámpara. Después de los veladores es uno de los artefactos de iluminación más amables, menos intrusivos a la intimidad necesaria que permite discurrir morosamente por las páginas de un libro, esas ventanas del alma de alguien que se desconoce y que desvela, a veces, el alma de tantos otros de quienes también ignora, porque, por último, siempre se está hablando con certeza de aproximaciones a las cosas. Y las lámparas ofrecen tantas alternativas de formas, texturas y colores como podría imaginarse, de allí que se asemejen a tantos otros objetos. Las de pie, en su mayoría, parecen árboles. Algunas de un caño finito que se despega del suelo y remata en un sombrero textil plastificado que le da un aspecto desproporcionado al conjunto, de fragilidad, como si cualquier vientito las fuese a voltear; otras son trípodes potentes que sostienen tubos de proyección de luz como los reflectores que usan los cineastas, y las hay que sostienen una serie de globos de vidrio empeñados en una interminable ascensión. También están otras más simpáticas, como las adosadas a mesitas con tapa en forma de paleta de pintor sostenidas por tres patas metálicas finitas, cromadas; éstas son más gauchitas, permiten dejar el libro, la tablet o la notebook que habían descansado en el regazo de alguien. Y las que se llevan las palmas son las de pie de bronce con pantalla de vitraux, esas que parecen lienzos para observar y descubrir por largo tiempo, aunque iluminen francamente poco.

Las mágicas, las de Aladino, no se ven por ningún lado.

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