Opinión
Sábado 04 de Febrero de 2017

La gata orejuda

La postal familiar se repite desde siempre: un matrimonio con dos hijos chicos visita un centro de protección animal para adoptar a alguno de los que están allí

La postal familiar se repite desde siempre: un matrimonio con dos hijos chicos visita un centro de protección animal para adoptar a alguno de los que están allí, que tienen un futuro incierto y para los cuales la calle es el peor destino: el hambre, las enfermedades, las ruedas de los coches. Exclamaciones sin fin de la nena, el pit bull mezclado con otras cinco razas que espanta al nene. Desde ya, la ternura inclina el plato de la balanza por una gatita de un mes que tiene largas orejas de lince, gris y blanca y ojos grandes. Llevada al departamento, tardará pocos días en adueñarse del lugar y de ganarse los corazones.

Los gatos son así, zalameros, distantes, discretos, por sobre todo silenciosos, ocupan poco lugar, son limpios, acompañan sin hacerse notar, salvo cuando tienen hambre. Miran de reojo al dueño y piensan ¿qué le pasa a éste? cuando alguien pide que no rasguen las cortinas.

Los chicos ya le pusieron un nombre que ella ignorará todas las veces que sean necesarias y se deja mimar mientras termina de conocer el entorno y las costumbres y manías de la familia, que cree que es su dueña.

La gata ya tiene canastita, el bol para la comida, bah, para el alimento ese que los fabricantes dicen que están hechos con ingredientes de alta cocina y no pasan de unas bolitas marrones; un palo cuadrado revestido con soga para que afile las uñas, unos cuantos juguetes que asemejan ovillos de lana de distintos colores, y también un cajoncito sanitario.

El confort la rodea. Fresquita en verano, calentita en invierno. Y, sí, la tienen como gata de departamento, no para que corra a las palomas en la plaza, cace ratones en el depósito o dispute territorio con los perros.


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