Opinión
Miércoles 04 de Octubre de 2017

La economía vuelve a niveles de 2015

Avances que no alcanzan. El oficialismo puede sentirse satisfecho de los progresos, pero no dormirse en los laureles.

El crecimiento económico y la desaceleración del costo de vida permiten al gobierno exhibir una reducción de la pobreza, pero existe un núcleo duro de personas en esa condición que representará un desafío enorme para las políticas estatales.

La estructura productiva montada en la Argentina no alcanza para satisfacer las necesidades de sus 44 millones de habitantes, y la utilización ineficaz y la distribución desigual de los recursos agravan esa realidad.

Los números indican que el escenario económico se recuperó a los niveles de principios del 2015, pero sin tergiversar las principales variables, ni aplicar un cepo cambiario, ni intervenir el comercio exterior, y con el problema de la deuda encaminado y reglas de juego más racionales.

No será mucho teniendo en cuenta el delicado cuadro social que padece la Argentina, pero no es poco si se piensa que el modelo implementado durante la década en que el país fue más favorecido por el auge de los commodities apenas sirvió para mantener con respirador artificial de los planes sociales a un tercio de la población.

El kirchnerismo no aprovechó, porque no supo o no pudo, capitalizar los fenomenales ingresos por retenciones a la renta agropecuaria para convertir a la Argentina en un país rumbo al desarrollo.

Pareció temer que fomentar el crecimiento de los sectores medios, como lo está haciendo China —salvando las enormes distancias— le jugaría en contra políticamente, porque la clase media no lo votaba.

Aún hoy Cristina Fernández sigue reprochando que quienes progresaron económicamente durante sus gobiernos creyeron que lo habían hecho por su propio esfuerzo, y no por el modelo económico que ella mantuvo.

Tal vez transitará sus últimos días de vida política pensando que los argentinos le deben algo, o casi todo, olvidando que los dirigentes están de paso, y la gente sigue su vida.

Por eso Mauricio Macri no debería enamorarse de esta tibia reacción de la economía, más por comparación con un año para el olvido, como el 2016, que por grandes méritos de su administración.

La deuda crece a niveles preocupantes y Federico Sturzenegger parece haberse enamorado del esquema de Lebacs —ya emitió un billón de pesos— que es pan para hoy y hambre para mañana.

La Argentina está entre los peores países en los rankings de competitividad y década tras década se vuelve menos productiva, mientras los países que se desarrollan son los que se vuelven mejores en todos los estadios de la vida cotidiana.

Los sindicatos rechazan cualquier intento por modificar una coma de sus antiquísimos convenios colectivos, cuando el mundo del trabajo sufre transformaciones que pasan por encima de todo lo que sabíamos hasta ahora.

Se producen situaciones paradójicas, como el hecho de que muchos sindicalistas rechacen la idea de buscar ser más "productivos", algo que les costaría entender a los dirigentes gremiales de los países que llegaron al desarrollo.

Si no se aumenta la productividad la Argentina no saldrá nunca de la mediocridad.

Los gremios que más deberían acompañar los cambios, como los docentes, son justamente los más impermeables a aceptar las transformaciones que demanda el mundo del trabajo.

La flexibilidad, tal vez uno de los atributos que más distingue a los seres humanos, es mala palabra entre los mismos gremialistas que hace más de veinte años vienen estando al frente de sindicatos anquilosados.

Lo demuestra el caso de Juan Pablo Pata Medina, el otrora todopoderoso jefe de la Uocra La Plata ahora caída en desgracia, que amasó una fortuna a costa de sus esquilmados conducidos.

Sindicalistas atornillados a las sillas de sus gremios que terminan convirtiéndose en antros de corrupción, como ocurrió en el Somu de Omar Caballo Suárez, quien sigue preso.

Los gremios son un ejemplo de la decadencia argentina, pero también la Justicia, que sólo reacciona cuando el poder político la acompaña, y la clase dirigencial, que abusa de tomar por asalto las esferas del Estado para construir capas de poder que se van superponiendo para transformar al argentino en uno de los más ineficaces y poco útiles de la región.

Macri prometió acabar con las mafias y en algunos casos pudo avanzar, pero aún quedan demasiados sectores privilegiados en el país, sobre los que no pudo, o no quiso, avanzar.

Mientras el escenario económico da señales de que la Argentina empieza a salir de la crisis, los inversores siguen dudando sobre si el país puede convertirse en refugio para sus capitales.

El sistema institucional del país aún no garantiza certezas, dicen los responsables de manejar los grandes flujos de dinero a nivel mundial.

Pero cada vez que opinan sobre la Argentina lo único que hacen es recomendar ajustes que les garanticen el repago de deuda, sin tener en cuenta que el país podría convertirse en un polvorín si se aplicara un ajuste salvaje.

Y si eso pasa no habrá quien cobre deuda alguna.

Por ahora los dueños del capital han privilegiado la especulación financiera, y la política del Banco Central ha creado un caldo de cultivo propicio para los siempre bien dispuestos a aprovechar grandes ganancias en poco tiempo.

El intento de un sector del gobierno de gravar la renta financiera fue rápidamente sepultado por una ofensiva del sistema bancario que encontró eco en Sturzenegger y en el ministro de Finanzas, Luis Caputo.

Por ahora Macri abandonó esa idea, lo cual no quiere decir que pueda reflotarla tras las elecciones de octubre.

Esos comicios podrían deparar gratas sorpresas al oficialismo si se consolida el sentimiento antikirchnerista que terminaría volcándose a favor de Cambiemos con tal de que la ex presidenta no logre triunfar en la provincia de Buenos Aires.

Pero el eventual triunfo en octubre no debería confundir al gobierno sobre el rumbo que vastos sectores esperan para la economía.

Los contribuyentes pretenden que la Argentina vaya eliminando cada vez más privilegios y que los fondos recaudados se destinen a mejorar la infraestructura, los servicios, la seguridad.

"Haciendo lo que hay que hacer", reza el eslogan oficial que intenta satisfacer ese reclamo. ¿Alcanzará? Las inundaciones reflejan que todavía no.

Es lo mismo que se reclamó siempre pero hasta ahora la clase política argentina no logró sintonizar, por más convocatoria a "Cambiemos" que haga.

José Calero

Noticias Argentinas

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