Opinión
Lunes 20 de Marzo de 2017

La canilla cansada

Los objetos, los materiales de los que están hechos, comparten una condición con las personas, aún inertes y sin vida se fatigan.

Los objetos, los materiales de los que están hechos, comparten una condición con las personas, aún inertes y sin vida se fatigan. Así, las lamparitas se queman, las mangueras y los caños pierden agua por mínimas fisuras o rajaduras, la pintura de cuartea al igual que el plástico de los cables, el filo de los cuchillos se gasta, los mangos de las pavas se degradan quedando como fierritos negros, los burletes de las puertas de las heladeras dejan de cerrar y las canillas gotean.

Son procesos graduales, hay avisos, pero nadie tiene tiempo para detenerse en una nimiedad como la de tener que apretar cada vez más el cuerito que cierra el paso del agua. Hasta que la canilla se cansa y se toma la revancha: gotea.

Durante el día, los ruidos de la vida diluyen la venganza de la canilla, pero al sobrevenir la noche la cosa cambia dramáticamente. El plic, plic, plic se va haciendo cada vez más perceptible primero, para tornarse inaguantable después. Ni apretando la manivela con una pinza el goteo (y el ruido) cesan. El urgentemente iniciado plomero, tras descartar la peligrosa maniobra de tapar el acompasado repiqueteo con el sonido del televisor (los vecinos le van a tirar adoquines), decide sacar una pinza y un destornillador para reemplazar un cuerito que cuesta centavos y que le arruina el sueño.

Con gran cantidad de probabilidades en contra acomete la tarea y, por la fuerza de la lógica, fracasa; ni siquiera puede sacar la manivela porque está pegada por el sarro del agua. Se acuesta con el plic, plic pisándole los talones. Y así pasa la noche. Cuando lo agarra el sueño se imagina corriéndolo a Mario Bros, y encima nunca lo puede agarrar.

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