Opinión
Martes 18 de Abril de 2017

La caja del tiempo

Eso es una relojería, una caja del tiempo, o mejor, de máquinas del tiempo. Y adentro, devela ya la esencia y única función de tales máquinas, el asombro se regodea con sus formas, materiales y colores.

Eso es una relojería, una caja del tiempo, o mejor, de máquinas del tiempo. Y adentro, devela ya la esencia y única función de tales máquinas, el asombro se regodea con sus formas, materiales y colores. Porque parece que eso de medir el tiempo ha pasado a ser superfluo, y entonces lo importante corre por lo accesorio y, por sobre todo, las marcas, que responden a las fábricas suizas, las más afamadas, japonesas, alemanas, italianas, francesas, estadounidenses, rusas o chinas.

Y así, la paleta de diseños puestos en las estanterías marea. De oro, platino, acero, bronce, carbono, fibra de vidrio, plástico, madera, con diamantes, zafiros, cuarzo, mecánicos o digitales, combinaciones de formas, colores y biseles es infinita, y también los abultados precios.

En el campo de los relojes pulsera siempre hubo una pelea entre las distintas tendencias que imponían (imponen) las modas. Las fábricas suizas corrieron con ventaja y desde la invención de complicados mecanismos que marcan, además, la fecha, el mes, las fases lunares, con o sin tourbillon, el non plus ultra de las máquinas del tiempo, pero aparecieron los japoneses, magos de le electrónica y pusieron todo patas para arriba. El reloj pasó a ser una computadora en miniatura exactísimo que marcaba muchas variantes y ya el mundo se imaginaba el destierro a la isla del olvido de esferas y manecillas.

Pero llegó el 2000 y el pandemonium del Y2K, el error de software de omitir la centuria para el almacenamiento de datos. Otra vez los analógicos coparon las escena y mantienen su reinado por encima de los celulares que son capaces de predecir si el 18 de abril de 2037 va a estar soleado o no. Demasiado para un tiranuelo que dice a cada rato qué hacer, y cuándo.

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