Opinión
Miércoles 12 de Julio de 2017

Justos y Pecadores

"El policía dijo que en la cartera de la chica había una constancia de empleo en Justos y Pecadores. Querían avisarle a los padres que había fallecido".

Hace dos meses la Secretaría de Cultura de Rosario invitó al escritor brasileño Reginaldo Ferreira, Ferrez, a dar una charla sobre juventud y territorios complejos. Este escritor de gran carisma habló con gestores culturales rosarinos dando pautas y consejos sobre el tipo de actividad que realiza. En una entrevista en este diario comentó que Rosario le había parecido una ciudad muy viva y amigable. "¡Excepto el tránsito!", exclamó. "En la calle todos manejan nerviosos. Encontré gente muy maleducada. El resto me gustó mucho", dijo.

La rutina de buscar a mi hija y a una compañera a la escuela hizo que el tránsito se transformara en uno de mis terrores más constantes. No es que el tráfico no haya sido en otras épocas un motivo de atención. Pero al caminar las cuatro cuadras del macrocentro que separan el colegio de mi casa descubro cómo ese miedo me oprime y me desestabiliza. Llevar este trayecto a dos nenas de seis años con sus mochilas rodantes me pone en un estado de alerta que, lejos de cualquier broma, es un tormento emocional.

Cada vez que con el tráfico brutal de las 12.15 intento cruzar con ellas de la mano en cualquier bocacalle surge en la mente la secuencia donde la Pantera Rosa es aplastada por una manga de vehículos ni bien arrima el pie al asfalto.

La violencia vial es brutal e inmisericorde. Si cruzamos donde hay semáforo, los que avanzan son los autos que tienen luz y vienen doblando, filtrándose sin esperar entre los que caminan por la senda peatonal. Si el cruce es donde no hay semáforo, lo mejor es rezar.

Antes de buscar a las nenas voy a leer a un café de Pueyrredón y Zeballos. Se llama Justos y Pecadores. Es un lugar agradable, con una luz muy viva entrando por sus enormes ventanas de rejas ornamentadas, donde tienen todos los diarios. Sentado ahí hace unas semanas pensaba en escribir algo sobre las afectaciones colectivas por la locura del tránsito, pero no me salía cómo entrarle al asunto.

A ese bar empecé a ir hace dos años después de una mudanza a ver partidos de fútbol por las noches. Por consejo de una moza, Camila, me acostumbré a comer helado de sambayón con nueces y a sentarme en la misma mesa. Me causaba gracia esa chica de ojos azabache con un humor torrencial que a cada cliente tenía algo que decirle y rompía todo el tiempo en carcajadas contagiosas. Me habitué a que me contara cosas sobre su hijo de 3 años, Santino, o sobre la casa que estaba construyendo arriba de la de sus padres, con dicha y esfuerzo, sueldo a sueldo.

A ese bar van a diario también varios abogados a los que habitualmente consulto para mi trabajo. La atmósfera es linda para escribir y por eso me fui instalando.

Volviendo al tránsito, una pregunta vital que me hago cuando voy con las nenas por la calle es qué delirio de ansiedad nos anima a los conductores. Si un auto se detiene para ceder paso al peatón, lo más seguro es que el que viene atrás lo aturdirá de un bocinazo por frenarse. La espontánea tendencia a prenderse a la bocina es otra cualidad naturalizada por nuestra neurótica cultura de manejo. Lo más asombroso de todo es, sin dudarlo, la velocidad, y las zonas donde se acelera.

Acá nadie frena

Es una evidencia que en Rosario al llegar a la bocacalle no se frena. El que viene por la derecha da por hecho que como tiene prioridad no debe detenerse. La prioridad no habilita a pasar de cualquier modo, sólo indica cuál debe hacerlo primero al cruzarse dos vehículos en una esquina. Los conductores vernáculos se trenzan en duelos mostrando la trompa hasta quedar a centímetros un auto del otro. Los caminantes saben que si asoman el morro se lo afeitan. Pero la resignada regla es que el peatón jamás prevalece. La pulsión andrógina del tránsito es correr, pisar el fierro, pasar primero. Al hacer eso no hay espacio para pensar en el otro más que como un contrincante. Ni en las consecuencias.

En algunas de estas cosas pude haber pensando cuando me acerqué al bar esta mañana. Como el lunes estuvo cerrado pregunté en broma si habían amagado a tomarse vacaciones y se habían arrepentido. Con sonrisa torcida, Aldo, uno de los dueños, meneó la cabeza varias veces. La respuesta demoró un tranco en surgirle.

El domingo después del mediodía, cuando estaban cerrando, llamaron al café desde la comisaría 10ª. El policía informaba de un accidente de dos chicos que iban en un Honda Civic y que había sido chocado a alta velocidad por otro auto en Sorrento y Provincias Unidas. Dijo que en una cartera de la chica había una constancia de empleo en Justos y Pecadores. Querían comunicarse con los padres de la joven para avisarles que había fallecido. La única referencia con la que contaban de ella es que tenía 21 años, trabajaba en ese bar y se llamaba Camila López.


Comentarios