Opinión
Miércoles 03 de Mayo de 2017

Jugo de naranja

Por decir, nada más, porque cualquiera dice cualquier cosa y no se le cae un pelo de culpa, el jugo de naranja puede llevar al cielo o al infierno, puede deleitar con un frescor sublime en el verano y llenar el paladar de sensaciones con el frío. El olor sugerente de la cáscara le saca carta de ciudadanía en numerososos platos y postres y su pervivencia en la frutera, solo superada por las manzanas, le asegura el estrellato, junto con los limones, en todas las casas.

El jugo de manzanas no es lo mismo, se oxida rápidamente y concentra demasiado el sabor; con el de peras pasa algo parecido.

El jugo de naranja, además, es un aliado extraordinario a la hora de mantener las formas en una cena paqueta, por ejemplo. Desde ya que es inimaginable que los comensales esgriman cuchillos para pelarlas, el olor de la cáscara arruinará el más tozudo Chanel N° 5.

Eso, o el oprobio insalvable de sostener en un palito plástico el fruto pelado tal como apareció la inigualable Audrey Hepburn en una foto promocional, esquivando los chorros de jugo en cada tarascón.

En una época en que se impone la trivialidad, todo aquello no es una cuestión menor. Por eso nunca se habla de las naranjas. En las revistas del corazón o en las secciones de entretenimiento de los diarios no aparecen las actrices, las aspirantes a, las amigas de esas aspirantes, comiendo una naranja. No es televisiva, no da para el glamour como un durazno o una ciruela. Y como figura, ya pocos se animan a insistir con "menganita presentó su media naranja". Encima es mezquino, ¿por qué se queda con algo, por qué no le da la naranja entera?


Comentarios