Antes de que me olvide
Jueves 15 de Junio de 2017

Jardín

En el frente de mi casa había un jardín. Un jardincito. Un redondel delimitado con un tercio de ladrillos de canto, cuatro ángulos resueltos del mismo modo y un sendero redondo.

Margaritas, amapolas, achiras (¿se escribirá así?, quién lo sabe, así pronunciaba la vieja, mi madre, mamá) y el "charol", una planta inmensamente verde con hojas tan grandes como las de la planta de tabaco, tal vez más.

Las plantas en esos ángulos. Y en el centro. Yo conocí la semilla de amapola y cuando leí a Salgari sabía de qué hablaba, pero en versión infantil. Cuidar las margaritas no era difícil. Las plantas que pueden descuidarse se cuidan solas y las que, al descuidarlas se mueren, si dependen de un chico suburbano se mueren. Eso sucedía.

En la larga galería de esa casa tan común, la de una habitación tras otra, que despectivamente llaman "casas chorizo", con la galería mitad cubierta, mitad expuesta a la lluvia y las estrellas, los maceteros y tarros eran 76. Aún los conozco. Mi memoria los recuerda porque había que regarlos sin errores ni excesos. Tres veces a la semana demoraba, ese riego, la salida a la vereda y al partido interminable desde la siesta hasta el anochecer.

Mi única contribución, sugerencia, participación fue una larga primavera en la que, por esas cosas del fin de año, en la esquina de la cuadra de mi casa paró un carro y bajaron enanos de jardín (de los del cuento), hongos floridos y hasta una Cenicienta o similar, de cofia roja. Un sapo inmenso apareció en las ofertas.

Nos parábamos para verlos. Eran nuevos en el barrio. El jardín no daba a la calle. Había un mínimo paredón y la puerta a la calle de dura lata que abría hacia el jardín y el comienzo de la galería media cubierta de la "casa chorizo", etcétera, ya está dicho.

Para algunas cosas la decisión era paterna, para otras materna. Una división del poder que nunca se alteraba. Al menos no oíamos que se alterase. El tema era para la vieja. Vine con la oferta y el entusiasmo. Sin precio. Sólo el producto.

"Devolvelo ya mismo". No preguntó el precio. "¿Va a regar las plantas en tu lugar… florecerán mejor los malvones por ese hongo de yeso…? Devolvelos".

Camino a la esquina el sentimiento era vergüenza, acaso humillación, en todo caso el reconocimiento al poder superior.

Toda vez, desde entonces, que alguien llega con entusiasmo por una modernísima moda que amenaza cambiar los tiempos pienso en eso: los enanitos de jardín, el chanchito, la Blancanieves y/o la Caperucita de yeso, esos hongos a lunares y recuerdo la pregunta: ¿florecerán mejor los malvones?

Algunas viejas, mi vieja, eran unas jodidas anarquistas a las que no engañaban con los pintados muñequitos de jardín que no hacen crecer mejor las margaritas.

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