Opinión
Jueves 02 de Febrero de 2017

Inversiones, crecimiento y empleo

Durante los primeros días del año, llovieron anuncios sobre inversiones por venir, lo mismo que cuando esperábamos el mítico segundo semestre de la gestión macrista. Entonces, tenían resuelto el problema del financiamiento, que no es poco, y los anuncios gubernamentales eran: $ 200.000 millones para 2.800 km. de autopistas y 4.000 km de rutas seguras, hasta el 2019; 12.000 millones de dólares para el Plan Belgrano; 12.000 millones de dólares para infraestructuras en el Área Metropolitana de Buenos Aires. Luego del arreglo con los holdouts, 40 empresas, la mayoría extranjeras, publicitaban sus inversiones programadas para los años venideros, algo más de 22.000 millones de dólares en total, en los sectores energía, minería, telecomunicaciones, automotriz, comercio y construcciones. Fueron anuncios de ampliaciones en plantas existentes y de obras nuevas, con montos en dólares de 3 millones a 3.000 millones. Pero fueron eso, anuncios de buenas intenciones pero no realizaciones.

Mientras arranca 2017, se nos relatan los potenciales beneficios que tendríamos con las inversiones por llegar, para lo que están convocando al tótem del capitalismo, como lo hacían nuestros ancestros para hacer llover (o para que pare de llover).

Se anuncian, junto con la flexibilización laboral en el sector petrolero, inversiones por u$s 5.000 millones en Vaca Muerta, todo lo cual conduciría a una "revolución del trabajo", que no sólo se daría por la radicación de trabajadores y sus familias en Neuquén, sino que esa "revolución del empleo" abarcaría a todo el país. Hoy se anuncian inversiones en energía por 30.000 millones de dólares.

Cuando lleguen les daremos la bienvenida y cuando produzcan los efectos benéficos sobre el producto y el empleo, aplaudiremos. Mientras tanto, pongamos una cuota de optimismo escéptico, tanto a que vengan como a los efectos esperados (y deseados). Porque para que vengan inversiones extranjeras directas o se realicen con financiamiento interno, se requieren determinadas condiciones y un proceso inversionista según sean públicas o privadas. Y los efectos benéficos en el mediano y largo plazo, se producirán en más o en menos, según los tipos de obras, las ramas productivas y la tecnología adoptada.

Entender el funcionamiento del sistema capitalista requiere el uso de categorías que pueden tener conceptos distintos que si no se aclaran pueden dar lugar a relatos falaces. Siendo la economía una ciencia fáctica, los hechos deben acompañar a la teoría con la que se trata de interpretar la realidad, que no es necesariamente coincidente con el relato que se hace de ella. Una situación de estas características se presenta cuando se establece, sin mediaciones conceptuales, la relación entre la inversión y el empleo.

¿De qué hablamos cuando nos referimos a "las inversiones"? ¿lo son para la empresa o para la economía del país? ¿cómo se deciden las inversiones productivas privadas y las públicas? ¿qué se señala cuando su magnitud se expresa en millones de dólares, pesos o yuanes? ¿qué significa "crear empleo"? ¿Cuándo y de qué tipo?

Lo primero que tenemos que desechar son las inversiones financieras y/o la compra de tierras y/o bienes preexistentes, tanto las realizadas por residentes o no residentes. Las primeras son, en general, especulativas (el 90 por ciento del movimiento mundial de capitales es especulativo), absorben riqueza pero no la generan. Las de los no residentes más aun, fugan capitales aprovechando las condiciones especiales del sistema financiero (hoy no tienen plazo mínimo de permanencia). Las segundas no le agregan nada a la capacidad productiva de la economía. Cuando en los 90 extranjerizamos nuestras medianas industrias, no aumentó ni la capacidad ni la innovación tecnológica. Sólo cambiaron de dueño y de gestión. Hoy la noticia es que se duplicaron las fusiones y adquisiciones en operaciones de tipo financiero por más de 3.000 millones de dólares. Estas "inversiones" de los fondos de capital, al no aumentar la capacidad de producción de la economía, no generan puestos de trabajo ni en el corto plazo ni en el largo plazo.

Cuando el FMI dice que el PBI del país repuntará a medida "que los mayores salarios reales aviven el consumo, la mayor demanda externa estimule las exportaciones y la inversión pública aumente", a la inversión que se está refiriendo es la productiva (pública y privada), la inversión bruta que expande la capacidad productiva instalada de la economía. Esta es la inversión que juega un papel central en todo proceso de crecimiento económico: infraestructuras, fábricas de bienes y servicios, etc. Es la inversión que en la economía china se ubica en el 40 por ciento o más del PBI, dando lugar a las "tasas chinas" de crecimiento económico y que en nuestro país tendría que ser de alrededor el 25 por ciento para crecer tendencialmente al 3-4 por ciento anual.

Lo que interesa en el proceso de acumulación capitalista es que la inversión neta en bienes de capital sea positiva, esto es que la inversión total supere a la de reposición por depreciación y obsolescencia. Estos bienes de capital o activos fijos pueden ser materiales o inmateriales, esto es una fábrica, una autopista o un sistema informático: su característica es que deben servir para producir otros bienes o servicios y no se deben consumir en un solo uso. Esta característica es la que le da la razón de ser a un bien de capital, su capacidad de producción en el mediano y largo plazo: es lo permanente de la inversión de allí su importancia en el crecimiento económico.

Los puestos de trabajo que se generan en esos tiempos son permanentes, tanto los directos del proceso productivo, como los indirectos en los otros procesos productivos inducidos hacia atrás y hacia adelante por sus bienes o servicios producidos y demandados como insumos. El bien de capital en sí mismo (fábrica o represa hidroeléctrica, p.ej.) solo sirve para crear demanda efectiva en el corto plazo durante su construcción, esto es, tiene un efecto reactivador transitorio. Los puestos de trabajo que se generan son transitorios tanto los directos (construcción) como los indirectos (insumos en la construcción); dejan de generarse cuando se termina la construcción del bien de capital.

Los puestos de trabajo que se generan a partir del proceso inversionista, lo son, fundamentalmente, por el sector privado de la economía. Los crean las empresas grandes, medianas y pequeñas, productoras de bienes de consumo, insumos y servicios.

La inversión pública merece un párrafo aparte, no sólo porque deberá anticiparse a la inversión privada. Si lo que se persigue con ella es su impacto de corto plazo sobre la demanda efectiva, cuando la misma no está pensada estratégicamente en un horizonte de largo plazo, alterando la estructura económica y social indiscriminadamente, es preferible hacerlo cavando pozos por la noche y tapándolos por la mañana, al decir de J.M.Keynes. Las obras de infraestructura se diseñan por los bienes que ellas prestarán luego de su construcción, se deciden por su rentabilidad social y ello requiere tiempo. Una consultora (CyT) que hace el seguimiento de los procesos licitatorios del gobierno central estima que desde el llamado para le construcción de una obra pública hasta la firma del contrato se puede demorar entre cuatro y seis meses. Más aún si, como en el caso de Vaca Muerta de las 19 concesiones sólo 2 pasaron ya de la etapa piloto a la de desarrollo, y no se sabe que decidirán sobre esas 17 restantes. La experiencia nos indica que, con una gestión adecuada, desde que se identifica el bien de capital que se necesita construir hasta que este comienza a producir los bienes finales o intermedios requeridos, pueden pasar entre 2 a 10 años.

La ansiedad de los políticos no puede ser resuelta con la instantaneidad de las inversiones decididas. Estos tiempos son también válidos para las inversiones productivas privadas. Y siempre bajo el supuesto de una gestión gubernamental eficiente, sin corrupción y teniendo una capacidad ociosa en el sector "construcción de infraestructura", sin lo cual no hay reacción, ni siquiera mediata, a las decisiones de inversión pública y/o privada.

Y aquí no hay magia ni efectos instantáneos. Alcanzar tales objetivos requiere hacerlos operativos mediante firmes decisiones políticas, adecuadas políticas económicas (fiscal, monetaria y cambiaria), elección de los instrumentos correctos, eficaz gestión gubernamental y tiempo para la ejecución y maduración de las acciones.

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