Opinión
Martes 21 de Marzo de 2017

Interpósita alegría

Las galas de las premiaciones de películas o de géneros musicales promueven un fenómeno extraño, una rara traslación de la dicha de alguien por un logro y que es vivida con similar intensidad por cientos de miles de personas, que se convierten en testaferros de la alegría del premiado.

Las galas de las premiaciones de películas o de géneros musicales promueven un fenómeno extraño, una rara traslación de la dicha de alguien por un logro y que es vivida con similar intensidad por cientos de miles de personas, que se convierten en testaferros de la alegría del premiado.

Pasa también con los protagonistas de las series de TV pero por alguna razón misteriosa, las palmas se la llevan los músicos, y entre ellos, los cantantes. Hay una cuerda esencial que tañen y que movilizan las más recónditas emociones, relacionadas casi siempre con la posibilidad de tornar reales las ilusiones, o al menos de poder vivirlas durante un rato.

Y eso a pesar de que nadie ignora la formidable maquinaria de promoción que a veces deja pasar gato por liebre. No sólo es la música, son los espejitos de colores, los chorros de humo, el maquillaje, los láseres, los escenarios movibles, el vestuario, los efectos especiales, es una puesta fantástica al fin que hace que un espectáculo, un destello en el tiempo, sea memorable.

Son ellos, los premiados (su arte) los que conmueven, los que disparan experiencias colectivas placenteras, que transportan a un mundo ideal a un montón de personas, juntas o separadas. Y ese momento será recordado por años, por más que deje un regusto nostálgico en el alma.

Son ellos los que en un festival logran que miles de personas están felices, todos juntos y a la vez.

Después de todo, tienen razón los que se ponen contentos con la gloria de sus ídolos. A esa altura la alegría no es un traje prestado, es propia y es genuina.

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