Opinión
Viernes 20 de Enero de 2017

Hasta siempre, Horacio Guarany

La muerte del popular músico. Desprolijo, enorme, desorbitado y melódico, primario y lírico, todo lo fue a la vez. Dijo una vez de sí mismo: cantor de barricada o pulpería.

Cantor de barricada o pulpería, dijo una vez de sí mismo. Desprolijo, enorme, desorbitado y melódico, primario y lírico, todo lo fue a la vez. Iba mal con cierta cultura "progre", no cabía su modalidad de pueblo en las esmeradas clasificaciones de puristas y gentes de vanguardia o posvanguardia. Podía ser obvio en aquello de "Doctor, perdóneme que sea tan pobre", pero no por ello menos verídico; y podía aludir sutilmente: "Quiero tu voz, tu túnica caída", arribando hacia "Subamos juntos la noche del silencio, más allá de la angustia y el olvido".

Quién podría decir que no le cupieron los motes de "potro" o "toro" con que algún publicista decidió denominar sus discos, esos que llamábamos "long-play", en su época de esplendor previa a la feroz dictadura de Videla, Massera y tantos otros. Aquel Horacio de "Por qué la aurora, si después la noche, nos deja el corazón solo y enfermo", o el que evocaba, con resabios aplebeyados de R. Darío, "azul, azul, la noche junto al mar".

Cómo no reconocer que ha sido pueblo, carne y uña con los de abajo, que aún en algún grito destemplado o en la sobrecargada liturgia del vino sonó a paisano, a hijo uno entre muchos como fue, a tipo no por simple poco inteligente, a poeta y músico sin sofisticación pero con sangre, con vivencia popular en cada poro.

Desde "Zambita para mi ausencia" -que no fue de su autoría- y también la inolvidada "Cuando ya nadie te nombre", fue haciéndose su lugar inicial cuando el auge del folklore en los años sesenta. Sobrevino entonces su mejor tiempo canoro: "No quisiera quererte", su versión de "Orejano" (de Los Olimareños), su rotunda "El fiero Arias", son de esa época. Y poco después, "La noche es joven", "Si se calla el cantor", "Piel morena".

Ninguno ha podido cantar algunas de sus canciones de modo comparable; no por la precisión o el gusto, sí por la enjundia y una voz envidiable. Y ni hablar de que, no estando entre los preferidos de los que llegan a la izquierda desde el puro intelecto, fue coherentemente de izquierda (al menos hasta los años noventa, momento en que su carrera ya entraba en baja, y él tuviera la torpeza de dejarse cortejar por la demagogia de Menem). Como corolario, en sus últimos años nos dejó el espléndido fresco de "La villerita", que retomaba la protesta y la prédica social de sus mejores momentos.

Y por cierto que antes, su compromiso fue cosa seria: prohibido en algún momento por Onganía debió vivir como pudiera, puchereando en festivales secundarios o municipios ignotos, como le sucediera a Hugo del Carril luego del año 55. Y con la dictadura de Videla le tocó la dureza del exilio,la persecusión dura e implacable, relatada en los poemas tristes y sentidos de "Cuando estábamos lejos", su canto a un viejo mate encontrado al azar, su errar por la nada de un tiempo vacío para quien, como él, no estaba preparado para el universalismo de las academias y las empresas globalizadas.

Te recordaremos muchos, Guarany -no era tu nombre, claro- por tu enorme legado de canciones que algunos ni siquiera reconocen tuyas; por tu hondura para honrar aquello que de pueblo incorporaste desde siempre, en el estilo y la palabra; en ciertas ternuras impactantemente dichas, y algunas destemplanzas que conjugan con las de los pueblos y sus caminares oblicuos, a veces momentáneamente erráticos.

Estarás en muchas tristezas, pero también a la hora de la zamba y la baguala; en la de volver en vino y la de mitigar penas, en la de recordar la huella dura de la dictadura y el exilio, en la de zambullirse en la nostalgia o en la dicha. Porque supiste homenajear al caballo que sí galopa y al Chúcaro entre sus danzas, cabe homenajearte hoy como mereces, como memoria viva de gran parte de los argentinos, como traza multiforme que unió la base popular con el pensamiento de una humanidad con igualdad y justicia.

Te acompañaremos siempre con la garganta enjuta, cuando te recordemos entonar "Sólo yo sé lo que es estar de vuelta, aquí en mi tierra, aquí en la tierra mía". Y en nombre de los exilados no sólo del territorio sino de la vida, de tantos condenados al sufrimiento no exclusivamente por dictaduras, sino también por biempensantes capitalismos "democráticos", sabremos que habrá siempre una utopía que evocaste, que cabe el relucir de la esperanza, pues "aunque esté muy alta, yo sé que un día la he de alcanzar".

Roberto Follari

Profesor e investigador universitario

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