Opinión
Sábado 11 de Marzo de 2017

Galletitas dulces

Son ricas, matan el hambre y gratifican el alma. Pero, comparativamente con el pan, son caras.

Las galletitas dulces son un índice de la felicidad. Se sabe, a más plata, más Oreo, Rumba, Violeta, Amor, Chispita, Quaker, Granix, las recetas de la abuela de Arcor, Rodhesia, Tita, Boca de dama, Anillos, surtidas de Bagley, 9 de Oro y así hasta el más allá. Menos plata, pan (el más liviano, para que entren más piezas en el kilo), galletitas de agua y manteca. Y De la Rúa puso de moda los bollos fatto in casa.

Son ricas, matan el hambre y gratifican el alma. Pero, comparativamente con el pan, son caras.

Como tantas cosas, la ausencia de las masitas no se da de un día para otro. Cuando se termina la tranquilidad engañosa que da el respaldo de un medio aguinaldo, primera víctima del veraneo, aparece sobre el horizonte cercano el inicio de clases, machacado un mes antes por la eterna pelea entre los gobiernos (provincial y nacional, que no deja que la pelota toque el piso) y los gremios docentes. El primer día de clases supuso muchos días de compras.

Justo ese mes aumentaron las expensas y la boleta de la luz evidencia dos o más ajustes que parten en dos la billetera. Con esos datos en la cabeza, la mano se frena cuando se está frente a la góndola de las Okebon y pasa de largo hacia el pack de cinco paquetes de Traviatas.

Y así, poco a poco, se dan las cosas naturalmente contra natura, es decir que instintivamente uno se instala en una economía de ahorro (no, de quita) donde las coloridas praderas de galletitas dulces se achican más y más.

Esos vaivenes de la economía familiar decantan a su vez en los tópicos de las relaciones. Al amigo o conocido que uno encuentra por la calle y pregunta, como es de rigor, ¿todo bien?, con un todavía compro galletitas dulces está todo dicho.

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