Opinión
Domingo 17 de Septiembre de 2017

Flores amargas

Salió de la casilla, respiró el aire rancio y miró hacia un cielo quieto de sol ausente. Sólo vio columnas de humo naciendo de la quema.

Salió de la casilla, respiró el aire rancio y miró hacia un cielo quieto de sol ausente. Sólo vio columnas de humo naciendo de la quema. Quiere ver más allá y entrecierra sus ojos negros inclinados. A China el mote le sienta a la perfección y no le molesta que la llamen así. Los hermanitos a su cuidado, levantan polvareda al patear con placer una pelota de plástico medio pinchada junto al zanjón. Por ahí drenaron aguas de lluvia de los campos. Ahora recibe líquidos servidos del miserable caserío. Las montañas de tierra y escombros disimulan el asentamiento que nadie quiere ver y no debería existir. La nena desnutrida espera con íntima ansiedad la hora de la cena siempre escasa y se entretiene observando las flores silvestres.

Son de amarillo intenso y con inocente gesto las acaricia, sin cortarlas. Algo en su interior le dice que es lo único bueno que puede crecer salvaje y sin mandatos en ese rincón parecido al infierno. De pronto, tres hombres bajan de una camioneta y comienzan a volcar en la zanja un líquido viscoso y fétido de unos tanques plásticos. Usan trajes enterizos blancos, botas, guantes y una especie de mascarilla. Hacen su labor meticulosamente. Y se marchan en silencio, como llegaron. Una maniobra repetida que a nadie jamás importó. Sólo cuando la gente notó que el cabello se les caía por mechones y aparecían llagas purulentas en la piel hicieron público su reclamo. Pasó mucho tiempo, acaso demasiado, hasta que las autoridades se interesaron. O eso pareció. Eran tiempos de elecciones y un voto es un voto. Cuando prohibieron beber el agua

Extraída por una bomba comunitaria porque las napas estaban altamente contaminadas ya era tarde. Se habían producido casos fatales. Los pastizales y las vistosas flores silvestres se habían secado. Como la vida de China. Y nadie, ni el crucificado Dios de los huincas ni Kasogonaga, temida deidad del rayo de la cultura Toba, pudieron desentrañar por qué, a veces, la luz más brillante puede provenir de los lugares más oscuros.

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