Opinión
Jueves 23 de Marzo de 2017

Facturas

Es un verdadero contrasentido, todo el mundo le tiene repulsa pero cuando tarda unos días en llegar, empiezan las preocupaciones.

Es un verdadero contrasentido, todo el mundo le tiene repulsa pero cuando tarda unos días en llegar, empiezan las preocupaciones. No, no son las facturas de la Nuria, o Distinción, o de Lucana, con las que se ganan varios kilos de más pero con gusto; no, esta vez son las boletas de los servicios.

Los rosarinos tienen una mala costumbre atávica: primero pagan impuestos y servicios, después piensan en todo lo demás. Y eso que los usuarios (palabreja burocrática para cometer atrocidades sin culpa desde los, también, efectores) son rehenes sin ninguna voluntad de liberarse de la TGI, el API, Litoral Gas, EPE, Aguas Santafesinas, alguno de los dos horripilantes canales de TV por cable, una prepaga que más que tranquilidad da certeza de angustia (salvo honrosas excepciones, hay que decirlo), y algún que otro proveedor de internet y línea telefónica que, por el servicio que prestan, parece que operaran desde la clandestinidad.

Sí, se pueden cancelar todas las deudas desde los sitios habilitados en la web, o para los celulares, sin dejar de lado el cobro automático por tarjeta y el pago en cajeros automáticos, pero ante el menor problema hay que pasar por ventanilla. Pero la gran mayoría hace la cola en el Rapipago o en el Pago fácil.

Hay otro punto de perversión del Estado y de las compañías: como ya se aburren de cobrar enormidades impunemente (este es un país que no demanda una relación precio-producto, se sabe) enloquecen a la gente con las más caprichosas fechas de emisión de boletas. La fecha tope del 1 al 10 desapareció y los papelitos son tirados debajo de la puerta el 15, el 26, el 5, el 9, da lo mismo; en dos cuotas, tres, 25. Mejor pensar en la panadería. Las medialunas de manteca son riquísimas.

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