Opinión
Lunes 19 de Junio de 2017

Entre el chancho y la madre

Errores que pueden costar caro. La decisión del gobierno de cortar las pensiones a personas con discapacidad lleva a preguntarse: ¿cómo y por qué pasó? Un axioma campero que usaron Cristina y Reutemann.

Si algo demuestra que Jaime Durán Barba, el asesor de imagen de Mauricio Macri (que emigró de Ecuador a estas latitudes porque Rafael Correa, en los hechos no seguiría sus consejos aunque eso es a nivel superficial y debería revisarse más en profundidad) tiene razón en su reciente libro "La política en el siglo XXI" es que la sociedad desacralizó la autoridad y se muestra cada vez más dispuesta a plantarse cara a cara y cuestionarle sus decisiones.

He ahí una botonera completa para muestra con la decisión del Ministerio de Desarrollo Social de eliminar las pensiones a personas con discapacidad y preguntar luego a medida que las angustiantes anécdotas particulares comenzaban a conocerse en los desesperados relatos de los damnificados de la decisión una vez que fueron a cobrar y, sin previo aviso, el dinero —siempre cifras exiguas que no sé si alcanzan de paliativo siquiera— no estaba en sus cajeros.

Un completo desatino si se piensa en un hijo discapacitado al que sus padres no podrán solventarle la medicación, o en el anciano que se queda sin buena parte de sus remedios, y siguen los ejemplos. Y todos, si no tienen en su familia a alguien enfermo conocen a alguien que lo tiene. ¿Cómo pudo pasar?

Es verdad que se ha dado marcha atrás con la medida. El defensor del pueblo de Santa Fe volvió el viernes de Buenos Aires, donde junto a todos sus pares del país interpelaron a las autoridades sobre la medida. Anunció Raúl Lamberto que este lunes comienzan a reponerse los pagos que no se habían efectuado.

Los integrantes de la Escuela de Frankfurt —que en rigor no funcionó como tal sino que así la conoció el mundo afuera de Alemania—, enormes intelectuales todos de distintas disciplinas, estaban horrorizados no por el nazismo y sus atrocidades, que eran evidentes y cada vez más, sino porque sus crueldades fueron saliendo a la luz a medida que se las naturalizaba desde el relato.

Nadie se apresure a deducir que he perdido la razón y estoy comparando al nazismo con el macrismo. Denme unos párrafos de paciencia a ver si me sale el razonamiento. Lo que se interrogan los intelectuales de la Escuela de Frankfurt (los que pudieron escapar exiliados en EEUU; otros como Walter Benjamin terminan suicidándose) no es lo que pasó sino "cómo pudo llegar a pasar". "Por qué".

Insisto: el envilecimiento de la Alemania de entonces fue una tragedia de dimensiones armagedónicas pero no estoy hablado de ello sino de cómo se llegó a ello que era lo que desveló a estos hombres que dieron al pensamiento universal obras magníficas a partir de la búsqueda de esa respuesta.

Si venimos a nuestra dimensión liliputiense, acá en el fin del mundo, ¿habría que pensar que una maldad en estado puro decidió quitarle la pensión a alguien que la necesita de modo inexorable para subsistir?

Como sea. para regocijo (y ventas de sus libros) del ecuatoriano con pinta de viejo tanguero (teñido incluido) la reacción fue muy extendida y sonora. E incluyó aquí a quienes, aun entendiendo que el kirchnerismo había hecho del otorgamiento gracioso de emolumentos fijos un sistema clientelar o de cooptación, consideran que haber mezclado justos con pecadores, era cuanto menos una muestra de improvisación lisa y llana de insensibilidad supina. Una burrada, bah.

¿Estamos gobernados por burros, entonces? Sé que hay muchos que están tentados a responder afirmativamente. Más de lo que el gobierno tal vez quisiera y menos de los que a la oposición le gustaría. No obstante, así como no creo que haya que subestimar (y no me parece que Macri lo haga) a Cristina Kirchner dándola por muerta políticamente como están haciendo algunos analistas, no creo que el macrismo sea un conjunto de desalmados que siquiera saben lo que hacen.

Les ahorro a los lectores el trabajo de comentar luego debajo acerca de tanto palabrerío. En este caso, tienen razón, estamos donde empezamos: ¿Cómo es que se llegó al disparate de una medida que cualquiera podía intuir generaría reacciones, indignaría a la sociedad, movilizaría a amplios sectores y no sólo a opositores? Además, claro está, de constituir una defección flagrante de una función esencial del Estado como es la de cuidar a sus ciudadanos más débiles y vulnerables, como se lo espetaron los ombudsmen: una cuestión de violación de derechos humanos. ¡Así de enorme; así de grave!

Conozco una anécdota acontecida en una repartición de la provincia de Santa Fe. No una vez, sino al menos tres. Cada vez que quien debía conducir ese organismo recién llegaba al producirse un recambio, en los casos que cito, tomaría una medida que, quizás resulte una modesta señal —sólo quizás— que nos oriente. ¿Y cuál era esa medida? Dar de baja de inmediato todos los contratos, toda relación laboral que tuviera algún costado precario y permitiera reducirla a la nada. Y si hubieran podido hacerlo con los empleados que tenían una relación consolidada y estable, también lo hubieran hecho.

Sin excepción, para los echados todos esos funcionarios se convirtieron en una suerte de encarnación tangible del mismísimo Lucifer que los dejó sin empleo ni salario de un plumazo y los mandó a sus casas a decirles a sus mujeres y sus hijos que desde ese momento no tenían con que alimentarlos.

Casi como ahora sucederá con las pensiones a discapacitados al estar de la promesa de los funcionarios nacionales a los defensores del pueblo, los funcionarios de los que hablo al poco tiempo repusieron a todos los "echados" en sus puestos. Como si nada hubiera pasado. Pero, ¿qué pasó? O, como preguntaban los intelectuales —que presuntuosamente traje a colación en esas líneas—, ¿cómo y por qué pasó?

"Pegarle al chancho para que aparezca el dueño", publicó el 1º de octubre de 2014 en su cuenta de Twitter la entonces presidenta Fernández de Kirchner durante una sus enésimas peleas con alguien y, de paso, con un grupo mediático. Cristina en realidad usó ese axioma campero que Carlos Reutemann, siendo gobernador de Santa Fe, había elevado a máxima política mucho antes. No tendremos una Escuela de Frankfurt pero tenemos lo nuestro. Y lo nuestro genera efectos "al uso nostro".

Y si no, permítanme la digresión, de otra pregunta ajena a la que vengo planteando. Es verdad, que el Frente Progresista no existe más como dicen algunos en voz alta y admiten todos en susurros. Pero no existe no porque los radicales —que dicho sea de paso desde 1983 no eran protagonistas en una instancia electora— hayan hecho una mélange de listas poniendo (para no desentonar con el nivel académico al que descendimos ahora) huevos en todas las canastas. No existe porque si a José Corral le sale mal su audaz estrategia, los radicales se quedan sin candidato a gobernador para dentro de dos años. Y si le sale bien, tendrá el apoyo del macrismo y será la oportunidad de sacarse de encima a los socialistas de una vez por todas luego diez años de quejarse de que los del partido de la rosa no han hecho más que manipularlos, usarlos y abusarlos.

Del mismo modo, los socialistas frente a una situación negativa para Corral —los radicales que les quedaría a la coalición ya están del todo domesticados— verán supurar la interna entre sus principales figuras —Miguel Lifschitz y Antonio Bonfatti—, uno pugnando por quedarse cuatro años más en la Casa Gris y el otro por volver. De modo que hay ahí una ruptura. El tiempo dirá cuán definitiva será. Ya lo he dicho, sería una pena porque no tengo presente otra experiencia de gobierno exitosa prescindiendo del peronismo.

Al radicalismo le queda sólo Corral en la gatera en entre otras razones porque el PRO vetó la candidatura de Mario Barletta a diputado. Y si he de estar a las versiones, en el PRO quien habría promovido o por lo menos visto con buenos ojos (es del todo verosímil porque hace poco declaró: "Jamás votaré por un radical") fue Carlos Reutemann. El 29 de abril de 2003 cuando el río Salado ingresó de modo aluvional y produjo la tragedia de inundar un tercio de la ciudad de Santa Fe y segar decenas de vidas, el gobernador dijo que nadie le había avisado "y eso que la ciudad tenía una Facultad de Ciencias Hídricas". El rector de la UNL reaccionó de inmediato y puso a todos sus equipos a rebatirlo. Así nació Barletta a la vida político-partidaria y esa pelea, que generaría algunos hitos como el eslogan comunicacional de un afiche que decía "los inundadores" comparable al "eje del mal" de Bush (los que están de este lado son los malos/inundadores y los que no, los buenos/los que no inundaron), terminaría depositándolo en la Intendencia santafesina y posteriormente en el comité nacional de la UCR.

Reutemann, que pocos meses después ganó a rabiar las elecciones en los barrios inundados, nunca perdonó aquella campaña que fue incentivando con el tiempo todos los enconos hacia su figura de quienes fueran damnificados al punto de evitarle casi andar tranquilo en la ciudad de Santa Fe. Dicen que lo esperó a Barletta a la vuelta de la esquina.

Volviendo al célebre chancho del Lole. Los funcionarios que cité antes, autores de despidos y reincorporaciones al parecer sin sentido lo que hicieron fue pegarle al chancho para que apareciera la madre. A cada contrato caído le siguió el llamado telefónico del padrino político del afectado. En otros casos no hubo reclamo. Como con las multas de tránsito en verano en las que empresas les venden a los intendentes un paquete a cambio de un canon y multan toda infracción y las que no lo son también porque el sistema no se financia con quienes reclaman sino con quienes para evitarse pérdidas de tiempo y dolores de cabeza, va y paga en silencio.

El Ministerio de Desarrollo Social acaba de hacer lo mismo o por lo menos se parece a lo de aquellos funcionarios pretéritos santafesinos. Con un agregado a lo Durán Barba, el dislate sirvió además para reafirmar que el kirchnerismo incumplió la ley (el decreto de Menem, cuestionable por otro lado, siguió vigente y Alicia Kirchner hizo como que no lo supo) y usó las pensiones para agrandar su cartera de clientes. Y reafirmar eso en el imaginario colectivo tendría su rédito político. Aunque eso está por verse. A los funcionarios santafesinos que echaron y reincorporaron luego, esos empleados terminaron por olvidar el incidente.

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