Opinión
Jueves 09 de Febrero de 2017

El tránsito, un caos de todos

Los choferes del transporte público de pasajeros no descubren nada cuando afirman que el tránsito en el centro de Rosario es un caos. Es más, se queda corto el secretario general de la Unión Tranviarios Automotor cuando lo describe (La Capital, sábado 4 de febrero, página 4), porque el tránsito es un caos en toda la ciudad, no sólo en el centro.
Las calles de Rosario hace años quedaron chicas. Hay pocas avenidas, aunque paradójicamente suele ser más difícil circular por ellas que por calles menos importantes, y el parque automotor es desmesuradamente grande. Las calles son angostas y están llenas de obstáculos: corralitos de Aguas Santafesinas y de la EPE, baches, bicisendas donde el ancho de la arteria no lo permite, autos estacionados en doble fila por el individualismo extremo de sus conductores o simplemente porque no tienen donde parar, peatones que cruzan por donde quieren, obra pública y muchos más. Tantos que la lista es interminable.
Por supuesto que buena parte de la responsabilidad la tienen las autoridades políticas y los funcionarios que deberían ocuparse del tema. Nadie puede negarlo, por más que a algunos no les guste. El peor pecado que han cometido todos cuantos gobernaron esta ciudad desde hace décadas es no pensar la ciudad estratégicamente, a largo plazo, como verdaderos estadistas.
El trazado de calles en Rosario jamás se planificó, en ningún momento de su historia. La ciudad se extendió sin patrón y como pudo. El resultado está a la vista: el tránsito es hoy uno de sus peores males, sólo superado por la inseguridad.
Pero el caos del tránsito no es sólo producto de la falta de políticas regulatorias, de controles serios, de un sistema de sanciones que apunte a corregir y no a recaudar, de una planificación a mediano y largo plazo por expertos en la cuestión vial. Es un desorden generalizado del que participamos todos, también los individuos. O quizás sería mejor decir sobre todo los individuos, porque cuando las personas no hacemos lo que debemos para respetarnos, respetar la norma y respetar al otro, no hay Estado que pueda encausar el caos.
La pregunta es qué está primero, si la inoperancia del Estado y sus funcionarios para ordenar el tránsito o la anomia de los individuos para cumplir con reglamentaciones a veces tan elementales como respetar el semáforo en rojo, no invadir una bicisenda o un carril exclusivo para el transporte público y otras por el estilo. La respuesta probablemente sea una síntesis de ambas. De lo que no cabe dudas es que así como el Estado está para organizar la sociedad, los individuos estamos para respetar las normas que este impone. Simplemente porque eso es lo mejor para todos.
Está muy bien reclamarle al Estado y sus autoridades que mejoren el tránsito. De hecho, es un derecho y hay que ejercerlo. En Rosario, por ejemplo, hace años que debieron implementarse políticas para reducir la cantidad de vehículos que circulan por sus calles. Aunque para eso hace falta que el transporte público sea mejor, a los rosarinos esta solución nunca los sedujo y las pocas veces que el municipio intentó aplicarlo tuvo que dar marcha atrás. Por la resistencia de la gente y porque ningún gobernante tuvo voluntad política para imponerlo.
En otros países la restricción del tránsito funciona, y funciona bien. Y no sólo en el Primer Mundo. En Bogotá, por ejemplo, el "pico y pala", un programa que reduce a la mitad la cantidad de vehículos en la calle en ciertos horarios, dio buenos resultados. El problema es que para eso el Estado debe estar dispuesto a pagar el costo que supone el enojo de la gente que no puede usar el auto ciertos días y horarios, y a su vez la gente tiene que estar dispuesta a entender que el interés común debe estar por encima del interés particular. De eso estamos a años luz en Rosario, más allá de los errores históricos y actuales de las autoridades para hacer del tránsito por la ciudad una circunstancia menos agresiva.
Es bueno que los choferes de colectivos estén preocupados por el tránsito. Sería mejor que lo estuviésemos todos, con el Estado a la cabeza.

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