Opinión
Viernes 23 de Diciembre de 2016

El tapialito engordado

Una fotografía en las redes sociales evoca uno de los momentos más conmovedores de la historia reciente: la caída del Muro de Berlín.

La imagen que Olds Pics publica en Twitter es muy fuerte: una pareja encaramada al muro de Berlín que se besa. Un símbolo imborrable de algo que no fue un tapialito cual - quiera, o en todo caso arrancó así, pero después fueron engordándolo, haciéndolo más alto, poniéndole alambres con púas y transformán - dolo en algo letal. Los soviéticos lo construyeron como "protección antifascista", pero el mundo lo conoció como el muro de la ver - güenza, esa marca que separó a familiares, a vecinos de una mis - ma ciudad, a connacionales que habían compartido una bandera y una larga tradición como pueblo. Del lado occidental estaba tapado de consignas anticomunistas y el infaltable círculo con la huella de una paloma, del otro lado servía de pantalla a los cansados ojos de los guardias que impedían al pa - so subrepticio de quienes querían ganar la libertad. Una nación re - ducida a escombros que también cargaba con el oprobio de ser una de las responsables de decenas de millones de muertos todavía trataba de encontrarse en 1961, cuando se empezó la construcción. Cientos murieron tratando de atravesarlo. Una parte de Berlín se estacionó al costado del paso del tiempo, la otra, la occidental, comenzó un pro - ceso de recuperación que la llevó a ser una de las pocas economías estables y fuertes de la actualidad. En ese camino generó suficientes riquezas como para amortiguar el gran golpe de absorber un apa - rato productivo obsoleto, puesto de rodillas durante décadas por la subordinación al gran hermano soviético. Esta historia terminó en 1989. Es tan conocida, figura en Wikipedia, está contada en ríos de tinta, ¿por qué tantas naciones se empeñan en olvidarla?

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