Opinión
Jueves 16 de Marzo de 2017

El lápiz de mina blanda

Sí, los lápices están entre las cosas poderosas que remiten a la infancia.

Sí, los lápices están entre las cosas poderosas que remiten a la infancia. El olor de la madera, las astillas imperceptibles de la mina cuando va dejando su huella sobre la hoja rayada primero y la cuadriculada después, y las sempiternas hojas de caligrafía, que incluían las rayas en diagonal para aprender la inclinación de las vocales, y las superiores para las distintas alturas de la l, la t, la b, y los límites inferiores para la p, la q, la z, cuestiones que hace algunas décadas revelaban el grado de instrucción de una persona. No existe más todo ese engorro, prestarle atención es como aprender a fabricar ruedas de carretas.

Pero los lápices mantienen su reinado porque permiten el placer de escribir. Tanto más los de mina blanda, de un 2 B en adelante, esos que dejar entrever la pasión del que escribe según el trazo sea más o menos firme, la huella de la mina sea más o menos ancha, el papel quede más o menos hundido. No es lo mismo que la birome, que primero habrá que ensayar un trazo para que la bolilla se empape de tinta y recién ahí empezar a escribir, y ni hablar de las lapiceras.

El lápiz frena el trazo y obliga a dibujar las letras, da tiempo a redondear la idea y esa morosidad hace que la distancia entre la punta de los dedos y el cerebro desaparezca. Fuerza a una comunión con el papel en blanco, acerca el corazón a esa punta que se gasta con demasiada rapidez a veces.

Algo hay, porque no son pocos lo que después de mucho tiempo redescubren el lápiz y las hojas de los cuadernos, o los blocks de dibujo, y en las noches sin urgencias dibujan, o escriben, lo que sea, y por ahí se encuentran.

Comentarios