Opinión
Miércoles 19 de Abril de 2017

El huevo o la gallina

Los fierreros, muy a menudo, se ven envueltos en discusiones sobre si es más importante el piloto que los autos que conducen y se apoyan en una carrera, un palmarés, o lo que sea, para confirmar sus dichos.

Los fierreros, muy a menudo, se ven envueltos en discusiones sobre si es más importante el piloto que los autos que conducen y se apoyan en una carrera, un palmarés, o lo que sea, para confirmar sus dichos. En realidad, las dos cosas son determinantes, pero también juega la suerte.

Hace un par de semanas el francés Sebastien Loeb (43 años), con el récord de títulos en el Campeonato Mundial de Rally (WRC, por sus siglas en inglés) con nueve campeonatos y toda una ristra de podios, ganó una carrera de rally en Francia con un auto 20 años más viejo que el que le pisó los talones. Loeb usó un Peugeot 306 de la década de 1990 y le marcó el camino con 30 segundos de ventaja a un Ford Fiesta WRC de este año. Desde lo técnico, la ventaja del último sobre el primero es sideral.

Máquina y muñeca, reflejos, esa extraña e inexplicable suma de sensaciones que impulsan a un piloto a llevar el auto volando bajito, al límite del agarre de las gomas y de la potencia del motor, corrigiendo la trayectoria con sutiles golpes de volante, y la impronta de anticipar los sucesos para que, al ocurrir, encuentre una salida, la maniobra que le permitirá seguir devorando kilómetros, más y más rápido aferrados al volante en una jaula de caños, relojes y palancas que apenas les dejan ver la ruta.

¿Cuál es el resorte que los anima?, ¿cuál razón se sobrepone al instinto de supervivencia, lo borra, lo pisotea mientras el auto (o la moto) viborea en un camino de tierra y piedras, o sobre una brillante cinta de asfalto mientras postes, árboles o tribunas pasan como veloces fantasmas a los costados? La plata, sí, la fama, también. Pero los pilotos más encumbrados, al retirarse, recuerdan la gloria de un gran premio, o la epopeya de una carrera que quedó en el bronce.

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