Opinión
Jueves 16 de Febrero de 2017

El eterno retorno

Democracia. La historia reciente se ha encargado de demostrar que la voluntad popular está muy lejos de ser infalible. Estados Unidos lo acaba de poner en evidencia, palmariamente.

Ya que pareciera imprescindible que el género humano, en cierto grado de su evolución, tenga que organizarse y someterse a los designios de "un gobierno", el sistema democrático ha sido tipificado, más de una vez, como el mal menor.

Entre servir a un señor feudal que se arrogaba el derecho de desflorar a mi mujer antes que yo, o a aquel zar de todas las Rusias que, a través de un decretazo, le ordenó a los tripulantes de uno de sus barcos sanarse inmediatamente de cierta dolencia que los aquejaba (en la Rusia imperial, ese tipo de decreto irrefutable se llamaba "ukase"), gritar ¡viva!, ¡viva!, al paso de un blindado automóvil presidencial, es notoriamente menos bochornoso.

Existen pensadores como el norteamericano John Caputo -devoto de Jacques Derrida y su teoría de la deconstrucción- que, aun reconociendo que "hoy, la democracia se ha convertido en otro nombre para el capitalismo… para el imperialismo o el consumo…", estiman que el sistema sigue siendo bueno, porque admite una "reinvención infinita" (es decir que sería infinitamente perfectible), con lo cual lo que Derrida llamó la "democracia venidera" se transforma en una entelequia impensable, que "tiene una dimensión fantasmal, espectral" (sic).

El planteo no deja de ser un divague bastante embrollado, que confirma el carácter fríamente especulativo de toda la filosofía occidental, pero que en nada contribuye a solucionarle los problemas al hombre de a pie -pagar la factura de la luz en democracia, por ejemplo-, y que además se acerca peligrosamente a ese argumento dilatorio pregonado hasta el cansancio, por cualquier político que conozca a fondo su "métier", de que todo lo que se actúa es para bien (o para mal) "de-las-futuras-generaciones".

Creo que a un slogan tan descaradamente capcioso, habría que responderle con la famosa frase atribuida a Luis XV: "Después de mí, el diluvio", esto es, después de que esté yo muerto, me importa un bledo, ministro, que usted se decida a construir el desagüe o no. Mi casa se inunda hoy.

Por otra parte, la historia reciente se ha encargado de demostrar que el ojo clínico de la voluntad popular (?), expresada a través de las urnas, está muy lejos de ser infalible: la democracia más cacareada del planeta, que los norteamericanos tantas veces intentaron exportar "manu militari" a otras latitudes -por lo menos, ésa fue siempre la excusa-, lo acaba de poner en evidencia, palmariamente.

El electo presidente Donald Trump irrumpió en el Despacho Oval como un elefante en un bazar, y no sólo reemplazó allí el busto de Martin Luther King -¡vade retro: un negro!-, por el más glamoroso de Sir Winston Churchill, sino que en unos pocos días abofeteó al mundo entero, haciendo gala de una arbitrariedad y un despotismo dignos de un emperador romano, y no de los menos chiflados.

Suena increíble que la misma potencia que alguna vez plantó su bandera en la luna, gesto entre imperialista y épico, que debió sustentarse en un desarrollo científico y tecnológico sin precedentes, hoy en día, por mandato de su máximo representante, desempolve un expediente tan primitivo como el de levantar un muro para frenar el avance de sus vecinos incivilizados, en una versión contemporánea -de signo contrario, pero no hay que olvidar que los extremos se tocan-, del funesto y estigmatizado Muro de Berlín, con el que los comunistas simbolizaron y materializaron, en el pasado siglo XX, su célebre "cortina de hierro".

Esto en cuanto a lo profano, pero si apuntamos a lo divino, tampoco allí las cosas parecen andar demasiado bien. En esa inestable mixtura entre intermediación con el más allá e intereses mundanos en que se movió desde siempre el papado, los demagógicos avances de nuestro compatriota Francisco para lograr revertir el éxodo de fieles, y que el rebaño no se disgregue (un problema acuciante, que debe afrontar en este momento la Iglesia Católica), ya parecen haber colmado la paciencia de los sectores más reaccionarios -y poderosos- de la rancia y desprestigiada institución.

Entre otros gestos de autoritarismo, el Papa latinoamericano rompió lanzas nada menos que con la Soberana Orden de Malta, cuyo origen más remoto habría que rastrearlo antes de la primera Cruzada, en el siglo XI, y que recluta a algunos de los aristócratas más linajudos de la vieja Europa; ante tamaña afrenta la respuesta no se hizo esperar. La ciudad de Roma apareció empapelada con afiches donde Francisco, lejos de exhibir la sonrisa de párroco bonachón que luce habitualmente, muestra un "visage" más fiero que el del Papa Inocencio X en el cuadro de Francis Bacon, a lo que se suma un texto que enumera sus presuntos desplantes, y pone en tela de juicio su caballito de batalla predilecto, que es el tan publicitado tema de la misericordia.

Hay un plutócrata en el poder intentando levantar una muralla, como la que los chinos comenzaron a construir en el siglo III a.C. para rechazar a los nómadas del norte, y los enemigos del Papa lo escarnecen como lo hicieran en el siglo XV con Alejandro VI, quien sobornó a los cardenales del cónclave para obtener su voto favorable, por lo que el epigrama que circuló más tarde por las calles de Roma decía: "Alejandro vende las Llaves, el Altar, al mismo Cristo, y está en su derecho, pues los ha comprado".

Habrá que rendirse a la evidencia de que la historia se repite: su carromato, bamboleante, se mueve obstinadamente en círculos, como si respondiera al secreto mandato de perpetuar -aunque los hombres nunca sepamos para qué-, el plan de un eterno retorno.

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