Opinión
Viernes 19 de Mayo de 2017

El espíritu de una decisión judicial

Hace un tiempo leí una nota en La Capital, una nota de opinión relacionada a la labor de los antiguos jueces de Instrucción y sus implicancias en el sistema penal.

Hace un tiempo leí una nota en La Capital, una nota de opinión relacionada a la labor de los antiguos jueces de Instrucción y sus implicancias en el sistema penal. Allí se hace referencia, entre otras cosas, al poder que manejaban estos magistrados y a su buen o mal trabajo, haciendo el autor una innegable separación entre buenos o malos jueces.

Sobre este tema es necesario realizar una serie de reflexiones. En principio, quienes tenemos mucho tiempo en la labor judicial penal hemos logrado entender adecuadamente al sistema penal y especialmente cuál es la función que debe tener un juez dentro y fuera de cualquier sistema, circunstancia que en sí misma no resulta fácil.

El poder de decisión que otrora supuestamente tenía un juez penal no es distinto al que actualmente posee. Las partes pueden peticionar, pero es el magistrado quien en definitiva resuelve y decide -por ejemplo- la libertad o el encarcelamiento de una persona si este fuera el tema a tratar.

Hay que entender que el buen o mal desempeño de un magistrado no pasa por el mayor o menor poder que posea sino por su propia actitud como autoridad judicial, su ética profesional y su honestidad.

En este punto es necesario entender varias cosas. Por un lado, administrar la justicia penal es un trabajo difícil e inexorablemente tiene dos aristas posibles. Obviamente, va a dejar conforme a una de las partes y probablemente disconforme a la otra.

Aunque existe esa posibilidad, pareciera imposible la existencia de una decisión a medias en la faz penal. Pero nunca puede tomarse una decisión en forma especulativa o adecuada a las circunstancias de tiempo y modo o, peor aún, accediendo a eventuales presiones. Si así fuera, no sólo se equivocaría el juez interviniente, sino que además actuaría en contra de una de la premisas esenciales de su función, esto es su imparcialidad e impartialidad, circunstancias que lo pueden colocar como un verdadero hacedor de injusticias y en definitiva en alguien indigno de su cargo.

En este punto emerge clara la frase de Martin Luther King, quien en alguna oportunidad expresó: "La injusticia en cualquier parte es una amenaza a la justicia en todas partes". Ello es cierto porque no existe una justicia en cuentagotas, o a la medida de las circunstancias, porque en definitiva la justicia deja en el algún momento de ser justicia e inexorablemente queda abierta una gran puerta que toda la sociedad observa y clama a gritos, y además hace saber que no es otra que la injusticia. Y esa injusticia finalmente siempre queda develada por el gran testigo, el paso del tiempo.

En otras palabras, no debe jamás existir la especulación en la Justicia, por que ésta, tarde o temprano, pone al descubierto intenciones y personajes en los que jamás debe estar involucrado un juez, y menos aún si entiende en el asunto que se está ventilando.

El poder del juez del que hablamos debe entenderse en todos los casos como la potestad decisoria de otorgar a cada quien lo que le corresponde por derecho, que en muchos casos no es fácil develar. Debe lograr en este punto una decisión equitativa y equilibrada, desligada de otras circunstancias pero ajustada a derecho, es decir a la ley.

Es aquí donde precisamente todos los hombres de derecho sabemos que existe la letra de la norma que fija el papel pero también, y como contrapartida, lo que se llama el espíritu de la ley, es decir, intenciones legislativas y doctrinarias que adornan y ayudan a la norma y la interpretan de las diferentes maneras posibles aplicables al caso en cuestión.

Es decir, muchas veces la letra fría puede indicar una vedada injusticia en la aplicación del derecho que debe ser salvada por el espíritu del que hablamos. De lo contrario estaremos creando un sistema matemático de decisiones que no se conjuga con la verdadera esencia del derecho, y menos con la justicia. Es precisamente en este espíritu que hallamos la opinión de grandes autores y los antecedentes de los fallos, pero también la experiencia propia. En otras palabras, el espíritu propio del juez, que es fundamental también para acceder al contexto de aplicabilidad que debe tener la ley.

Lo que hoy vemos en la sociedad moderna es que no solamente busca al juez justo, equilibrado y honesto sino también a quien pueda entender el ámbito donde se debe aplicar la ley y sus consecuencias. Decía Earl Warren (político y jurista estadounidense): "Es el espíritu y no la forma de la ley lo que mantiene viva la justicia".

Es una extraordinaria frase, dado que la forma es el contenido escritural de la ley, pero el espíritu es la esencia misma de ésta y es el medio o la manera que debe tenerse en cuenta en todos los casos para su aplicación.

En muchos casos hemos visto -por ejemplo- algunas decisiones erradas de parte de la Justicia, en especial en estos tiempos en que han sucedido liberaciones anticipadas de presos que culminan con hechos aberrantes.

La decisión libertaria del magistrado aparece como idónea desde el punto de vista formal pero inadecuada y con consecuencias imprevisibles desde el punto de vista que hace al espíritu legal. Es decir, si todos los jueces miraran solamente el árbol no podrían ver nunca el bosque y su peligro. Es por ello que la observación y adecuación del contexto hace que la imprevisibilidad se torne previsible y por ende plausible, sin perder por ello la legalidad de la decisión.

En este orden de ideas, y en aras de evitar decisiones equivocadas, aparece como necesario generar correcciones judiciales en estos puntos -ante la falta de normas específicas que lo hagan imperativo, algo de lo cual el Poder Judicial no es responsable- que permitan visualizar la posibilidad de consecuencias que jamás podrán ser restablecidas porque ya resulta imposible ante el hecho consumado. Es por ello que la sociedad espera de nuestra labor una decisión oportuna, meditada y sobre todo con la ley y su espíritu. De este modo parece tornarse adecuada la frase de Julian Assange, editor y portavoz del sitio web WikiLeaks, quien expresó alguna vez: "Una de las mejores maneras de lograr la justicia es exponer la injusticia"

Es decir, partiendo del error generador de injusticia podrá afianzarse y lograr la justicia, corrigiendo o haciendo los ajustes que fueran necesarios.

Queda una incógnita en el aire. ¿Podremos todos ver el bosque? El tiempo, el gran testigo, dará su veredicto.

N. de R.: El artículo del que habla el autor salió publicado en la página 2 del 15 de abril de 2017 y se titulaba "Aquellos viejos jueces de Instrucción".

Juan Andrés Donnola

Juez penal de Rosario

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