Opinión
Martes 18 de Julio de 2017

El escritor Ambrose Bierce y el gato

Una historia con final feliz. Los bomberos rescataron con una grúa gigantesca un felino en peligro. El animal estaba en una cornisa de un tercer piso de un edificio de San Lorenzo entre Oroño y Balcarce.

Ambrose Bierce (1842-1914) fue un periodista y escritor norteamericano al que el delirante clima de fanatismo religioso que vivió en su infancia, las inauditas masacres que luego se vería obligado a presenciar durante la Guerra de Secesión, en la que se alistó como soldado, sus ataques de asma, las divergencias con sus jefes y, para rematar todas estas desventuras, varias desgracias familiares que involucraron a su mujer y a sus hijos, lo convirtieron en un ser profundamente desencantado y escéptico.

No es de extrañar, pues, que en su célebre "Diccionario del Diablo" Bierce reserve para el vocablo "Hombre" la siguiente definición: "Especie animal tan sumida en la ensimismada contemplación de lo que piensa que es, que a menudo se olvida de plantearse lo que evidentemente debiera ser. Su principal ocupación es el exterminio de otros animales y de su propia especie, la cual, a pesar de todo, se sigue reproduciendo con tal rapidez como para poblar y destruir todas las zonas habitables del planeta y Canadá".

En estos días, sin embargo, la realidad se encargó de desmentir que la principal ocupación del hombre sea "el exterminio de otros animales" (aunque no así el aniquilamiento de su propia especie), demostrando que si bien hay quienes se divierten reventando focas a garrotazos, o pagan ingentes sumas para poder darse el gusto de descerrajarle un tiro a un león premeditadamente indefenso, otros pueden protagonizar un sobreactuado acto de amor -ahora que están de moda las sobreactuaciones-, como el que presencié no lejos de mi casa, en la calle San Lorenzo entre bulevar Oroño y Balcarce.

El tramo mencionado había sido inhabilitado para la circulación de vehículos, lo cual, no solo contribuía a agudizar el caos que es moneda corriente en el tránsito de la ciudad, sino que desataba la ira de los colectiveros, los que por esa vía rápida se mueven más cómodamente, y ahora se veían forzados a modificar sus recorridos.

Me acerqué a unos uniformados que vedaban el ingreso por Oroño, y los consulté sobre la razón del operativo: se me informó -con ese rebuscamiento lingüístico que es privativo de las fuerzas del orden- que el motivo era "el rescate de un felino" (sic).

Mi imaginación se disparó: la familia de los félidos también incluye a "los grandes felinos" me dije. ¿Sería que algún sofisticado vecino del macrocentro convivía en su departamento con un leopardo africano o con una suntuosa pantera negra, y el exótico animal había ganado la calle? (No creo que bajara por el ascensor). ¿O se trataría de una valerosa especie autóctona, como nuestro jaguar americano?

Viendo que el alboroto se concentraba hacia la calle Balcarce, me aproximé y comprobé que el felino en cuestión era un gatito blanco y negro, acurrucado en una especie de cornisa -no se trataba precisamente de un balcón-, que sobresalía apenas pocos centímetros en el tercer piso de un antiguo edificio de la zona.

El rescate estaba a cargo de una grúa gigantesca del cuerpo de bomberos -hay que reconocer que el colosal artefacto lucía nuevo y lustroso-, en cuya cima el rescatista, empuñando una pértiga rematada en un lazo, trataba en vano de acercarse al minino que, recortado contra el blanco que dejaban las copas de dos grandes árboles intensamente verdes, parecía haberse ubicado en el lugar más propicio para ser inmortalizado por celulares y cámaras de televisión.

Pensé para mis adentros: ¡los reporteros gráficos no solo arriesgan su vida en Siria o en Irak!, pero lo que realmente más me llamaba la atención era la conducta de ciertos transeúntes, que si bien no se sumaban al grupo de curiosos -quizás juzgaran que el incidente era demasiado estúpido como para merecer esa actitud-, lo que no podían evitar era el gesto automático de desenfundar el celular, apuntarlo hacia el gato y registrarlo aceleradamente, y todo eso casi sin detener la marcha.

Como sabia medida de prevención, en el edificio lindero al del gatito, los vecinos disponen de una reja coronada por unos artísticos ramilletes de púas, lo suficientemente agresivas como para desalentar a los ladrones -¿a los ladrones no se los llama también "gatos"?- que pretendiesen infiltrarse en sus moradas para despojarlos de lo suyo. Lo que nunca pudieron imaginar, estos buenos vecinos, era la posibilidad de que un verdadero gato -y no en sentido figurado-, pudiera lloverles desde el cielo, y quedar ensartado brutalmente en su reja, con lo cual, los esforzados voluntarios que mantenían tensa una lona por si el protagonista del drama tomaba la decisión de lanzarse al vacío, también tuvieron que ingeniárselas para acolchar las púas asesinas.

El trámite de salvataje se demoraba -la pértiga era demasiado endeble, o corta, o las ramas de los árboles complicaban la operación-, y los ácidos comentarios de los espectadores comenzaron a arreciar: no faltó quien sostuviera que si lo hubiesen dejado librado a su suerte, sin desplegar toda esa parafernalia mecánica, el morrongo se las hubiese arreglado igual para salir del paso, o el que, descreído de los santos postulados de la democracia, deslizó que, en plena campaña proselitista, los políticos vendrían a fotografiarse con el gato, para demostrarle al electorado su compromiso con los que afrontan situaciones de riesgo.

Pero la historia tuvo su happy end: después de tantas maniobras infructuosas, por fin el animal apareció -entre aplausos- meciéndose en el extremo de la pértiga, aunque con un aspecto tan lastimoso, que más bien parecía una piel de gato, pataleando frenéticamente para librarse del lazo que la estrangulaba. Según me contaron -porque yo no lo corroboré-, el que llevó la peor parte fue el espíritu tierno que lo recibió en sus brazos, porque terminó lleno de feroces arañazos. Tanta bondad, y tanta sensibilidad humana concentradas, acabaron por desquiciar al pobre bicho.

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