Opinión
Lunes 16 de Enero de 2017

El colchón gastado

No es una desgracia, no se puede dar esa categoría al hecho de darse cuenta, de golpe, que las rajaduritas y hendiduras de la cubierta de tela se habían agrandado una barbaridad en días, que los resortes empiezan a verse amenazantes, en cualquier instante atraviesan capas de goma espuma y se incrustan en la espalda, que los bordes muestran hilachas. Es mentira que el colchón se rompió de golpe. Las señales comenzaron a manifestarse desde hace meses. Primero, una hendidura que se hacía cada vez más ostensible obligaba al cuerpo a acomodarse de una forma determinada, aunque no fuese la más razonable, después empezaron a notarse bultos que sobresalían algunas veces hasta que quedaban fijos en la superficie de matelasse, que, de paso, se iba haciendo más brilloso y hasta le salían pelotitas como a los pulóveres de lana.
Era incontrastable, no quedaba más remedio que comenzar la peregrinación para elegir un colchón, cosa nada sencilla. No se compran colchones cada mes, ni cada año. El algo para volverse loco, ahí se cae en la verdad revelada que si no se duerme bien no se vive (y, sí) pero que los únicos que permiten esa tabla de sobrevivencia (entre tantísimas otras, según qué fabrique cada quien) es tal marca que trae setecientas cuarenta capas de materiales maravillosos envueltos en la más fina tela desinfectante que guarda sensores para descargar la electricidad estática, y todo eso por sólo 35 mil pesos, deducibles en largos y cómodos pagos.
Ajá. Resulta que el colchón es fantástico, pero la tarjeta acogotada quita el sueño por muchos meses.

Comentarios