Opinión
Martes 21 de Febrero de 2017

El chocolate mezquino

Toblerone dejó de ser el Toblerone para asemejar un peine con dientes gordos.

El chocolate no es un oscuro objeto de deseo, aunque la imagen de justo. Es una golosina riquísima que se adapta a la mayoría de los gustos, rellenos con yogur, con pasta de frutas, con maní, con cereal inflado, entre obleas, con mazapán, blanco, mixto, aireado, con el 60 o 70 % de cacao, amargo, con leche, con maní, con almendras, con nueces. Aún el de cobertura tiene su encanto. Le gusta a casi todo el mundo, es raro que protagonice alguna noticia, salvo las que refieren los innumerables beneficios de comerlo.
Por eso resultó inconcebible que nada menos que Toblerone, la afamada fábrica suiza de chocolates, sacudiera la parra en forma destemplada afinando los picos de su reconocida barra, que imita al Mont Blanc. Dejó de ser el Toblerone para asemejar un peine con dientes gordos.
Los fanas desataron una tormenta en las redes sociales y a la firma, puesta en evidencia, admitió que recurrió a la burda estratagema para absorber el alza de costos de producción devenidos de la inflación (en Europa también se consigue).
El correlato europeo no tardó en manifestarse en Rosario. Un quiosquero se las vio negras para explicarle a una nena que había abierto un Toblerone al que le "faltaba un pedazo". El paquete era como el de siempre, pero la barra de chocolate era algunos centímetros más corta que de costumbre.
Al final se impuso la verdad: al chocolate no le falta un pedazo, pasa que a alguien le falta corazón

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