Opinión
Jueves 13 de Abril de 2017

El cajón olvidado

Sí, es el lugar más propicio para encontrar un tesoro olvidado, o escondido hace tantos años que la memoria dejó de acordarse.

Sí, es el lugar más propicio para encontrar un tesoro olvidado, o escondido hace tantos años que la memoria dejó de acordarse. Eso es un cajón de un escritorio. Es que, como tantos otros muebles, guarda los vestigios de muchas vidas, en el caso de que esté en una oficina, y de muchas instancias de una sola vida.

La cuestión se pone de manifiesto en las raras ocasiones en que en un ámbito se renueva el mobiliario. Una recorrida por el cementerio de sillas rengas, archiveros descangayados y escritorios que exhiben sin pudor sus tripas depara la ocasión de enfrentarse, y dejarse vencer, a la tentación de revisar los cajones. Pocas veces son vaciados, como si los que los usan se hubiesen cansado de verlos todos los días por años.

Lo cual es una verdad a medias, porque la propia inmovilidad del mueble lo condena a la categoría de invisible, y los cajones son usados como desmesuradas mandíbulas que se abren para luego guardar quién sabe qué cosas.

Por eso el que se aventura en la revisión póstuma de esos cajones oficia de descubridor de chucherías que, por olvidadas, escalan a otra consideración. Y así aparecen cucharitas de plástico que todavía muestran manchas de café, saquitos de mate desechados, reglas de plástico, pinchos en desuso, revistas políticas de la época en que había partidos que oficiaban de tales, gomas Dos Banderas gastadas, capuchones de biromes, un disquette, anotadores agotados, y así hasta el infinito.

Algo en cada cajón, de a uno o varios a la vez, tales vestigios terminan siendo una cápsula del tiempo que resume trabajos, sensaciones, tristezas y alegrías (desde ya) de tiempos pasados que serán reemplazados por nuevos muebles y nuevas vivencias, hasta que la rueda dé otra vuelta completa.

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