Opinión
Lunes 30 de Mayo de 2016

El aliento y el soplo

Naturaleza humana. Desde las más profundas referencias filosóficas, el autor reflexiona acerca del sino del hombre.

"Alma" y "ánimo" son de la misma familia del latín: anima y animus respectivamente.

Pero en tanto que el alma es principio vital, el ánimo es el alma en cuanto principio de la actividad humana. Lo cual se advierte en su etimología: mientras que el anima es "aliento", el animus deriva a su vez del griego ánemos, que es "soplo". Y aliento y soplo son dos aspectos de la respiración: lo que se respira (el aliento) y el acto que lo exhala (el soplo). Precisamente este último, en su vertiente indoeuropea, es an-mo-, de an-, que significa respirar.

Alma, el aliento que se respira; y ánimo, el que se exhala. El ser y el hacer del respirar. No más que eso parece mostrar, básicamente, tanto lo que en un ser no se reduce a su cuerpo (su alma) como aquello que lo anima (su ánimo).

Sin embargo, a partir de ahí es que se despliega la vida humana con todas sus realizaciones, dando lugar al espíritu objetivo o cultura social que luego heredamos.

Es que el cuerpo vivo da paso al ánimo, que de modo inmediato es "estado" de ánimo; y que como "presencia" de ánimo conduce a la voluntad, que se sostiene en el tiempo de la actividad necesaria para los propósitos.

Aliento es el origen de la palabra alma y soplo el de ánimo, ha quedado dicho. Proceden ambas del griego (y más tarde del latín).

Es que ya en la Grecia antigua, los padres de nuestra cultura occidental lo intuyeron:

Comenzaron ellos por determinar los elementos de la realidad: el fuego, el aire, el agua y la tierra. Que hasta el Renacimiento se mantuvieron: en la Medicina con los humores y los cuatro tipos de temperamento, en la Alquimia con la búsqueda del quinto elemento o piedra filosofal, en la Astrología con la creída correlación entre los astros del cielo y los elementos de la tierra; en el pensamiento general que los suponía...

Pero en la búsqueda de la unidad (la razón exige siempre, unidad y "razón" de ser: concepto y explicación) se quiso encontrar un principio del que procedieran los demás, que Anaximandro llamó "arché" (no uno de los elementos porque suprimiría a los otros) y describió como un torbellino que dio la idea de movimiento. Y que Anaxímenes determinó como el aire: siempre en movimiento; un solo elemento sujeto a cambios, que se transforma en los restantes.

Y es el aire, precisamente, lo que respiramos para vivir; en forma de aliento.

Así, Pitágoras llegó a encontrar al alma en el polvillo del aire (siempre en movimiento aunque el aire esté quieto). Otra vez el movimiento. Ello le permitió explicar su creencia en la transmigración: penetraría el alma con la primera aspiración y saldría con la última expiración. Pero sin dejar de considerar al número como sustancia de lo real, siendo que todo está sujeto a medida; que vinculó con la música, en la que halló la armonía, que también asimiló con el alma. Pareció ésta dejar de ser algo material, de este modo.

Tenemos, en suma, la fluencia de lo real pero asimismo su forma, que la hace entendible. El fenómeno y el concepto. Lo cual se hizo explícito en Aristóteles, quien hizo residir la sustancia concreta en el individuo, no necesariamente reducido éste a lo más simple (fuego...) sino como unidad orgánica; que por tanto nacía, se desarrollaba y moría; y constaba de materia y forma. He aquí para el alma, la idea de forma.

Pero entonces, dicho en otros términos, el alma requiere de un cuerpo y se da en un individuo orgánico; el cual nace, se desarrolla y muere; y consta de materia y forma. Dando forma además a los fenómenos, con su movimiento activo y consciente, agreguemos.

Tuvo por ello el pensamiento cristiano (que se extendiera y organizara en el siguiente mundo medieval), para dejar a salvo un alma que fuera sustancial e inmortal, de acuerdo con su doctrina, que distinguir con Tomás de Aquino, en la sustancia aristotélica, a una espiritual de otra material. Siendo las puramente espirituales: Dios, los ángeles y las almas humanas. Pero hubo de reconocer que están estas últimas destinadas a unirse a un cuerpo. Si hasta cuando el cuerpo muere, tiene el alma la necesidad de reproducir un cuerpo ideal hasta la resurrección de la carne, debió añadir.

Pero antes de cualquier desarrollo doctrinal y más acá de la inmortalidad del alma y de la promesa de la felicidad eterna, hubo una enseñanza profunda que definitivamente nos dejó el cristianismo: el testimonio del dolor, con Jesús sacrificado en la cruz y abandonado por los suyos (hasta por su Padre, a quien le clamaba el por qué). Si bien el dolor, no como fuente de rencor o resentimiento sino para hacernos sufridos y humanos y que rechacemos la crueldad (en tanto que el rencoroso, el resentido, el envidioso, odia en el fondo lo que desea; y si cada uno es lo que hace y lo que desea, se estaría odiando a sí mismo).

Somos pues, para nuestra propia consideración inmediata, no más que latido y aliento; pero una vez dado ello, somos además sensación; y por tanto percepción e imaginación; y también principio de acción; entonces es que somos esencialmente, como tal principio de acción, aceptación y rechazo (de lo bueno y de lo malo). En definitiva: orientación a valores. No hace falta por consiguiente, para llegar a explicar la razón humana, concebirla como función supraorgánica del alma como sustancia espiritual (Tomás de Aquino).

¿Y la (ya prometida por Platón) felicidad eterna de ésta en qué queda, entonces? ¿Es que somos eternos acaso? ¿O al menos inmortales, como los dioses y algunos héroes griegos...? Y si lo fuéramos, ¿qué pasaría con la memoria? Porque si la perdiéramos, dejaríamos de ser nosotros; y si no, se eternizarían también los malos recuerdos y por tanto no seríamos felices... ¿Y la santidad, ese merecimiento al cielo para algunos de vida ejemplar, realizadores de milagros...? ¿O no será más noble asumir humildemente nuestra condición perecedera y sin premio ulterior, y no obstante ser honestos...? Lo cual no descarta la importancia de lo sagrado (no hablo ahora de lo divino ni de lo santo) que es el valor supremo: el respeto por la vida y la dignidad del hombre.

Y el orgullo por serlo (en contraste con las contradicciones flagrantes que tantos exhiben cínicamente hoy, con tal de seguir "prendidos"); orgullo bien entendido, como conciencia de la propia dignidad. Se podrán declinar los verbos que nombran nuestras acciones, pero no el orgullo por una vida digna que realicen. Es, en concreto, resistirse a toda humillación. No es vanidad, que ostenta para ocultar la vergüenza de su propia carencia.

Cuerpo y alma podemos por tanto, todavía, decir que somos. O también: materia y forma. Y concretamente: nuestro cuerpo y el sentido de su movimiento. En tanto este sentido sea procurar, de la materia, armónicamente su forma. "Que si el ojo es el órgano, que la mirada sea su alma". El cuerpo, pues, y lo que noblemente exprese.

Pero latido y aliento no dejamos precariamente de ser a cada instante; aunque su sola conciencia (no digo el "estado" de ánimo, que siendo ya "presencia" ante uno mismo es aún irreflexivo) nos permita apreciar la vida al poder decir: "Estoy vivo ahora".

Latido y aliento: el ritmo de la vida; hasta que se detenga. Y el recuerdo en los demás, si queda, del soplo de la voluntad que fue.

Juan Alberto Madile / Doctor en Ciencias Jurídicas y Sociales

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