Opinión
Miércoles 30 de Agosto de 2017

¿Dónde está Santiago?

Hoy en la Argentina, en un contexto absolutamente distinto, la palabra desaparecido recobra vigencia ante la desaparición forzada, según la Justicia caratuló la causa, de Santiago Maldonado, un joven visto por última vez el 1º de agosto en Chubut durante una protesta mapuche que reprimió Gendarmería Nacional.

—¿Habrá en esta biblioteca material de la prensa alemana sobre los desaparecidos en la Argentina?

—¿Fueron aquellos a los que tiraban vivos al mar desde aviones militares, verdad?

La respuesta del bibliotecario de una institución europea, hace algunos años, no hizo más que confirmar que el vocablo desaparecidos (sin traducción) había adquirido la categoría de ícono nacional, como el tango o el mate. La dictadura, según palabras de Videla, los había perversamente calificado dentro de una categoría singular. "El desaparecido no puede tener un tratamiento especial: es una incógnita, es un desaparecido, no tiene entidad, no está ni muerto ni vivo, está desaparecido", dijo con cinismo el genocida en 1979.
Sin embargo, la mecánica represiva de la desaparición de personas no es un invento argentino. El 7 de diciembre de 1941, en pleno auge del nazismo, se difundió secretamente un decreto del gobierno conocido con el nombre de "Nacht und Nebel" (Noche y Niebla), que establecía qué hacer con los opositores, combatientes de la resistencia a la ocupación y prisioneros de guerra en los territorios ocupados por el ejército alemán. Esta normativa criminal, antecedente inmediato de lo que ocurriría en la Argentina 35 años después, tenía como objetivo imponer el terror sin dejar rastros de los secuestros y mantener a la población en la incertidumbre sobre el destino de sus familiares porque si se entregaban los cuerpos podrían dar lugar a protestas populares. La orientación central de esta directiva nazi era el secuestro nocturno de las víctimas, las que eran llevadas a campos de concentración donde se les pintaba un NN en la vestimenta y luego mayormente eran ejecutadas. De ahí el nombre de Noche y Niebla y su correlato lingüístico terrible. Se calcula que miles de personas en Francia, Bélgica, Noruega, Holanda y la ex Unión Soviética fueron víctimas de esta mecánica represiva por un Estado ocupante.
Hoy en la Argentina, en un contexto absolutamente distinto, la palabra desaparecido recobra vigencia ante la desaparición forzada, según la Justicia caratuló la causa, de Santiago Maldonado, un joven visto por última vez el 1º de agosto en Chubut durante una protesta mapuche que reprimió Gendarmería Nacional. En un país con larga historia represiva como el nuestro (no sólo en la última dictadura) es altamente sospechoso que tras la intervención de una fuerza federal de seguridad Santiago se haya esfumando sin dejar rastros. Pero aunque si la hipótesis que acusa a Gendarmería de lo que le ocurrió fuese inexacta y los hechos hubieran sucedido de otra manera, igualmente es el Estado argentino el único responsable de aclarar el destino de Santiago.
Suena inverosímil que mientras en España hayan identificado en 72 horas a todos los integrantes de la célula terrorista que atacó en Barcelona, aquí en la Argentina no se pueda encontrar a un muchacho en el sur del país. ¿Hay encubrimiento? ¿Hay ineptitud?
Adolfo Pérez Esquivel, galardonado con el premio Nobel de la Paz en 1980 cuando el país se desangraba, fue hace unos días taxativo sobre el tema: "Uno no quiere ser pájaro de mal agüero pero ya después de 27 días de la desaparición de una persona, la situación se vuelve dramática y no saben qué respuesta dar. Por ahí se les fue la mano a los gendarmes. Hay un ocultamiento desde el Estado", dijo.
Tampoco nunca se pudo saber qué ocurrió con la desaparición de Julio López en septiembre de 2006 poco después de declarar en el juicio que condenó al represor Miguel Etchecolatz. El Estado jamás pudo encontrarlo ni aclarar lo sucedido.
El fiscal Alberto Nisman murió de forma sospechosa hace más de dos años y no se ha podido determinar judicialmente si lo asesinaron o se suicidó, más allá de la posición tomada por mucha gente que abona una u otra teoría.
Los atentados contra la embajada de Israel y la Amia no han podido ser esclarecidos a pesar de haber pasado 25 y 27 años, respectivamente, de esos hechos. No hay un solo detenido por ambos ataques, que dejaron decenas de muertes. Actualmente se desarrolla el juicio por encubrimiento en el caso de la Amia, pero no avanza la causa principal sobre el atentado, envuelto en una maraña política y judicial cuasimafiosa tendiente a que probablemente nunca se sepa la verdad.
La dictadura de Videla convirtió al Estado en terrorista para combatir en la absoluta ilegalidad a los grupos armados, que debieron haber sido enfrentados con la ley. Videla leía a Antonio Gramsci, el filósofo marxista italiano, porque el dictador sostenía que ese pensamiento era el que todavía anidaba en la Argentina, aun en democracia, cuando concedió en 2012 un reportaje desde su lugar de detención. Gramsci acuñó el concepto de "hegemonía cultural", modelo que empleó la dictadura de Videla, por el que no sólo el poder represivo del Estado totalitario es garantía de dominación, sino que se profundiza y sostiene a través de la educación, la religión y la prensa, para que el sometido no advierta su condición, la viva como algo normal y no pueda de esa manera pensar en rebelarse, según el pensador italiano.
La democracia argentina cambió el paradigma de hegemonía cultural porque restableció las libertades públicas, pero no ha podido dar respuestas a distintas circunstancias políticas de alto impacto. Esas son algunas de las grandes deudas del Estado, no ya sólo de un gobierno de turno, que no puede aclarar el destino de sus ciudadanos desaparecidos. ¿Dónde está Santiago?

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