Opinión
Lunes 23 de Enero de 2017

Dicotomías que empobrecen el debate

"Se clasifica al crítico con rótulos como castrista, macrista, kirchnerista, privatista, antipolítico, para hacerlo callar".

Si uno cuestiona la concentración de la riqueza, basado en el reciente informe de la ONG Oxfam que expuso que las ocho personas más ricas del mundo (que caben en una combi) tienen tanta riqueza como la mitad más pobre de la población (o sea 3.500 millones de personas), no quiere decir que se esté en contra de la propiedad privada.

Si el ministro de la Producción de Santa Fe, Luis Contigiani, critica el plan económico de Mauricio Macri no tiene por qué interpretarse que está promoviendo un sistema similar al cubano. Pero eso fue lo que le ocurrió en diciembre pasado cuando fue cruzado por el diputado del PRO Roy López Molina con un texto en Twitter: "Claro, la apuesta es el modelo cubano: atraso y opresión. Viva Fidel Castro y la revolución de medio siglo, con un partido único".

Si uno critica la gestión pública del aeropuerto de Rosario, ante la falta de planificación y de obras que hubieran evitado el papelón actual de que los aviones tengan que ser remolcados por un tractor, no tiene por qué concluirse de que se está operando a favor de su privatización, tal cual lo afirmaron funcionarios y políticos socialistas. En política y grandes negocios no hay ingenuidad, y desde ya que puede haber algunos que actúen en este sentido, pero de allí a deslegitimar de esa manera todos los cuestionamientos parece muy pobre como argumento.

Si uno fustiga el despilfarro de fondos públicos de la Legislatura santafesina, que gasta casi 6 millones de pesos cada 24 horas (2.133 millones este año) y que, entre otras cosas, permite el reparto discrecional de subsidios por parte de senadores y diputados, no debe traducirse como que "se está denostando la política". Frase textual que usaron en noviembre pasado los legisladores cuando se hizo público el exorbitante presupuesto que tienen. Por el contrario, son justamente las prácticas prebendarias, el clientelismo, los privilegios y los manejos que poco tienen que ver con la austeridad republicana, los que dañan a la política y los que abonan el terreno para la aparición de candidatos demagógicos.

Y, sólo por dar un ejemplo más, si uno reclama por la calidad en la educación pública, la falta de formación de algunos docentes y el uso abusivo de las inasistencias por parte de una minoría de ellos, no tiene por qué entenderse que detrás de esa crítica hay una apuesta a la escuela y universidad privadas. Sólo se trata de analizar el sistema público para mejorarlo.

La realidad siempre es compleja y contradictoria, y lejos de las simplificaciones demanda capacidad para registrar los distintos matices que posee. Es preciso desmenuzarla para entenderla. Sin embargo, hay una tendencia a ver la realidad en blanco o negro, bueno o malo, todo o nada. Este pensamiento dicotómico, que clasifica lo que lo rodea en este tipo de categorías, está muy arraigado en el análisis político y en la evaluación de la gestión pública.

Muchas veces aparece por la incapacidad de abordar los temas evitando el reduccionismo y los esquemas simples de pensamiento. Pero otras tantas son los mismos funcionarios, políticos y dirigentes quienes lo aplican en el debate público para polarizar, como una estrategia de ataque o defensa corporativa. Se clasifica al crítico con rótulos tales como castrista, macrista, kirchnerista, privatista, antipolítico, con el objetivo de hacerlo callar, silenciar, creyendo que así se clausura el debate. Si el tema expresa una real demanda social quizá lo posterga, pero éste regresará tarde o temprano por su propio peso.

Así, a los partidos gobernantes en los distintos niveles del Estado les exasperan las críticas y los planteos justamente con matices, y para contrarrestarlos utilizan burdos mecanismos de descalificación para intentar defender su gestión.

Obviamente, no puede esperarse que un político suela concederle la razón a quien lo critica, pero hay otros mecanismos a los que podría recurrir en el debate para intentar neutralizar los cuestionamientos (relativizar los datos y los argumentos del oponente, o plantear otros informes). El tema es que estas formas de descalificación no son gratuitas. Instalan una lógica amigo-enemigo que obliga a quien critica a estar siempre en una posición defensiva. Y así se degrada el debate político.


Comentarios