Opinión
Lunes 24 de Abril de 2017

Desconexión

Es otra de las cosas que se suman al rosario de cuestiones frustrantes de la vida diaria.

Es otra de las cosas que se suman al rosario de cuestiones frustrantes de la vida diaria. Y encima, se interrumpe en los momentos menos oportunos. Apenas se suelta un escrito para consultar el diccionario en línea para encontrar esa palabra justa, aparece el simpático dinosaurio que exclama "ouch", y el cartelito de "no hay conexión a internet". Y entonces empieza el peregrinar burocrático electrónico, pedirle a la máquina que descubra cuál es el desperfecto, que lo solucione, que busque alternativas; pero nada, la pantalla sigue congelada con el bichito que se emperra en no dar una satisfacción, que por fin no es tal sino algo que se da por sentado que se brindará por un pago estipulado antes.

Como la esperanza es lo último que se pierde, se sigue la peregrinación fallida que impone el protocolo: revisar el router, reanudarlo, esperar que una lucesita deje de titilar, ver que las otras vuelvan a prenderse en aburrida alternancia y después volver a la computadora que insiste en mostrar el dinosaurio y demuestra, de paso, que por más que se aprieten teclas eso de la computación es, para la mayoría, física cuántica.

Y es una macana porque quedan en el aire un montón de consultas por realizar.

Claro, si se prescinde de la web las consultas pueden concretarse igual; pero no, porque el universo de la nube es tan rico, extiende tanto el horizonte que no hay punto de comparación.

No queda más remedio que refugiarse en el sufrido word que, sin chistar, atesora cualquier cosa sin molestarse. Porque quizá ésa sea la razón de que se corte internet: la línea se harta de las barbaridades que ve y opta por un saludable (para ella) ostracismo.

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