Opinión
Lunes 10 de Julio de 2017

Democracia: entre el amor y la decepción

De 1983 al presente. La campaña electoral para las Paso nacionales y provinciales aún no comenzó y sin embargo hay una extendida sensación de fatiga. Recuerdos de cuando votar era otra cosa.

La campaña electoral para las Paso de este año —nacionales y provinciales— aún no empezó. Su comienzo formal debería operar recién en 96 horas. Por supuesto que ya hemos escrito páginas enteras y habremos aún de garabatear muchas más. Que son muchas candidaturas (como si fuera la primera elección de la que se dice eso); que la cantidad de listas —las nacionales llevan boleta sábana y no única, con los que su multiplicación en el cuarto oscuro se vuelve irracional— es enorme; que los candidatos son repetidos o, en su defecto, muy poco conocidos; que la unificación de las nacionales con las provinciales no hace más que aportar la confusión general (en el 2015 las separaron y fue desastroso para el oficialismo provincial, veremos si esta vez les va mejor), que las traiciones, que los internismos, que en fin... antes de empezar, nos hartaron.

No me diga el ciudadano de a pie, como yo, que no ha pensado ya algunas de estas cosas. Le confieso que mientras esto escribo tengo frente a mis ojos cuatro artículos escritos por mí en este mismo diario a propósito de procesos electorales. Lo que me deja atónito es que podría copiar textualmente, palabra por palabra, cualquiera de los cuatro —salvando algunos detalles, como nombres o fechas— y su vigencia sería perfecta.

¿Copiarse a sí mismo es plagio?

La pregunta que pretendió no ser en serio, terminaría inquietándome y no ya en clave de humor.

Me hizo acordar aquella "Carta abierta a la patria" de Julio Cortazar: "En cada piso hay alguien que nació haciendo discursos para algún otro que nació para escucharlos y pelarse las manos. Pobres negros que untan las ganas de ser blancos, pobres blancos que viven en un carnaval de negros. Qué quiniela, hermanito, en Boedo, en Palermo y Barracas, en los puentes, afuera, en los ranchos que paran la mugre de la pampa, en las casas blanqueadas del silencio del Norte, en las chapas de zinc donde el frío se frota, en la Plaza de Mayo, donde ronda la muerte trajeada de mentira. Te quiero, país desnudo que sueña con un smoking, vicecampeón del mundo en cualquier cosa, en lo que salga: tercera posición, energía nuclear, justicialismo, vacas, tango, coraje, puño, viveza y elegancia. Tan triste en lo más hondo del grito, tan golpeado en lo mejor de la garufa, tan garifo a la hora de la autopsia.

Pero te quiero, país de barro, y otros te quieren, y algo saldrá de este sentir. Hoy es distancia, fuga, no te metás, que vachaché, dale que va, paciencia. La tierra entre los dedos, la basura en los ojos, es estar triste, ser argentino es estar lejos, y no decir mañana porque ya basta con ser flojo ahora. Tapándome la cara, me acuerdo de una estrella en pleno campo, me acuerdo de un amanecer de Puna, de Tilcara de tarde, de Paraná fragante, de Tupungato arisca, de un vuelo de flamencos quemando un horizonte de bañados. Te quiero país, pañuelo sucio, con sus calles cubiertas de carteles peronistas, te quiero sin esperanzas y sin perdón, sin vuelta y sin derecho…".

Esta carta que el genial escritor escribiera en 1955 recobró vigencia en los años ochenta cuando la dictadura fenecía y su trasfondo, pese a todo optimista, adquiría actualidad a la luz de los acontecimientos que llenaban de pasión el aire en cada rincón del país surgida del hecho del todo excepcional de que ya no estaba prohibido o que, para mejor decir, que ya se había logrado conjurar todos los peligros que sobre él se ceñían: votar.

La democracia era votar. Y era eso porque eso era lo único que durante largos siete y tortuosos años no se había podido hacer: "Las urnas están bien guardadas" se jactó el Brutus de turno. Ya habría tiempo para pedirle a la democracia todo lo que ella nos permitiera construir, entre otras cosas una unidad un tanto menos volátil y una moralidad pública más sólida, que aún tenemos como gravísimos y urgidos pendientes.

Recuerde el lector, de los muchos que sin importar la edad votamos en 1983 por primera vez, cuántas veces los analistas nos dijeron que nuestra democracia ganaría en madurez y se consolidaría como sistema cuando dejara de ser la fiesta exultante que nos ponía al borde de la emoción con su sola evocación por tratarse, precisamente, del anhelo tantas veces acariciado y finalmente alcanzado. Llegará el día, nos decían, en que votar será rutinario como en los países nórdicos.

Es más, llegaría el día en que nos fastidiaría y seríamos casi indiferentes. Un pronóstico hermoso que, admito, hoy me conmueve por su ingenuidad. Claro que el sistema convertido en rutina, en mecanismo que nos requiriera apenas un ejercicio íntimo, recoleto de meditación profunda y de decisión seria y responsable (sin los actos masivos, marchas, consignas vacuas, apelaciones al sentimentalismo berreta, exhortaciones a muertos de hace más de medio siglo de los que las generaciones actuales apenas si saben lo que les han querido hacer saber, sin olvidar claro, los choripanes, los globos o los patéticos bailes de candidatos que no saben bailar).

Hubo un detalle que no nos señalaron entonces. Esa democracia rutinaria en elegir autoridades en los períodos en los que corresponde, en los que a nadie se le ocurre forzar la ley para quedarse un minuto de más o para salvarse de dar explicaciones por sus errores o terminar con sus huesos en una celda si se robó fondos que no le correspondían, no era argentina. A la democracia argentina en los años ochenta le faltaron ciudadanos suecos, o noruegos, o islandeses o daneses… tuvo apenas argentinos. Tampoco quiero caer en la clásica autosubestimación nacional que tanto nos atrae.

Durante una estadía en Israel fui testigo de dos escándalos nacionales que conmovieron a ese país. Y a Israel no le faltan cuestiones internas o externas de las que ocuparse y preocuparse. Entonces también como ahora gobernaba el actual premier Benjamin Netanyahu. Él, a quien los israelíes llaman Bibi, protagonizó una de aquellas polémicas: se había llevado a su casa unas cajas de cigarros que le había dejado de regalo un mandatario extranjero. El debate era que esos obsequios eran del Estado y no del gobernante. Bibi podría haber convidado a invitados suyos como jefe del gobierno pero no llevárselos a sus casa como dueño para fumárselos frente a la chimenea. El primer ministro fue condenado no sólo a devolver los cigarros sino que fue reconvenido por la Knéset (Parlamento) en lo que no deja de ser allá un hecho bochornoso

El otro ejemplo que me traje de Israel es más aleccionador todavía para nuestra cultura electoral y, me parece, puede darnos una medida de cuánto hemos crecido en la materia desde aquel entusiasmo todavía infantil a la sucesión de decepciones que hemos venido acumulando en esta treintena de años.

Fue durante una elección comunal. Cada partido había acordado hacer publicidad con carteles que se colocarían en los postes de iluminación y cada uno de ellos respondería a un estándar también acordado por todos los partidos políticos y convalidado por la autoridad electoral. No obstante, un partido elaboró carteles que excedían diez centímetros las medidas fijadas. El resultado fue que se suspendió la campaña electoral de todos los candidatos, hasta tanto fuera subsanada la medida distorsiva que constituía, a todas luces, una injusticia porque habría permitido que los carteles de ese partido tuvieran más visibilidad que los de los demás.

En distintos puntos de la provincia de Santa Fe hoy se pueden ver carteles partidarios con faja que les han pegado encima con la leyenda "publicidad en infracción". Esas fajas están firmadas por la Justicia Electoral Nacional. Dos reacciones me produjo verlas. Una que no estoy seguro de que hayan sido sólo los afiches del Frente Social y Popular, que lleva al periodista Carlos del Frade como precandidato a diputado nacional, los únicos que las merezcan. La otra es por qué en la provincia no se ha actuado de modo similar.

Se me dirá, con acierto, que mi descripción no pasa de eso. Que el debate profundo que se requerirá para la transformación del sistema no despierta interés en la ciudadanía. Prueba de ello es que el gobierno nacional ya ha dejado en claro que piensa eliminar las Paso para próximos comicios y pocas son las voces que han objetado la idea o por lo menos inquirido siquiera cómo se hará para reemplazarlas por un sistema más propicio de competencia leal que fortalezca el sistema de partidos y con ello a la democracia misma, No puede ser que se cambie de partido como de camisa, que los enemigos de hoy sean aliados de mañana y viceversa. ¿A quién le tenemos que creer? No se pueden cambiar las reglas para cada ocasión. No puede haber institucionalización sana así.

En la Convención Constitucional de 1994 Raúl Alfonsín impulsó con ahínco y esfuerzo el artículo que declaró a los partidos políticos las instituciones fundamentales de la democracia. El recordado ex presidente quería conjurar su peor temor: una democracia sin partidos políticos gobernada por corporaciones y oligopolios y conducida por sus gerentes. "Sin institucionalidad seria que todos respeten, el pueblo se pelea con el pueblo y los que mandan estarán siempre más allá, a salvo", me dijo entonces.


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