Opinión
Miércoles 08 de Marzo de 2017

Delitos y accidentes

Stella Maris Firpo

Hace décadas -cuando trabajaba en Casilda- viajaba con la empresa del accidente conocido por todos. Después de mucho tiempo viajé dos días antes del infausto suceso. Me llamó mucho la atención que mientras esperaba para dirigirme a Rosario, bajó el chofer, nos miró a los que esperábamos y de un modo muy gentil -pero que no podía ocultar su cansancio- nos dijo: "Ustedes no saben lo que es este trabajo, nunca descansamos". Desde luego ese comentario toma hoy otra relevancia. Nunca reparé en el estado de las unidades ni en los riesgos que corríamos. No reparé ni hace años ni antes de mi último viaje, me sentía segura y creía que todo funcionaba muy bien.

El viernes a la tarde llegaron al Cemar más de cien personas, gente común, empleados, obreros, docentes, comerciantes, estudiantes, la mayoría jóvenes. Por supuesto estaban ausentes los que habían maximizado ganancias vertiginosamente, algo por cierto poco común en estos tiempos. Muchos llegaron convocados por las redes. Estaban allí porque se solicitaban donantes de sangre para los heridos del trágico accidente de la ruta 33, dando muestras de una solidaridad apabullante. Recordaba la tragedia de Once, cuando una ex ministra con aire de suficiencia e inconsciencia aseveraba: "La culpa es de los usuarios por estar mal ubicados". Responsabilizaba así a las víctimas, lo que implicaba un enunciado por lo menos demencial. También allí iban muchos jóvenes, como los que estaban en la estación Mariano Moreno, reclamando Justicia e intentando frenar la venta de pasajes.

Es el azar, la mala suerte, Dios no estuvo allí, les tocó, es el destino, los choferes toman, se drogan, son unos dormidos o tal vez tenían problemas psicológicos y por eso… Pero lo que más se escuchaba era la referencia a una gran injusticia: ¡qué injusticia y qué delito! El tema de la injusticia está estrechamente vinculado al de las desigualdades sociales. Algunas de las desigualdades que conocemos son la educación, la salud, los salarios, el acceso a la vivienda. Algunas de esas desigualdades en la última década aumentaron, otras se estancaron, otras se redujeron producto de políticas adecuadas. Algunas son de larga data, pero hay otra desigualdad que es la de la infraestructura económica, y nos encontramos allí con situaciones de riesgo donde son más probables desenlaces como el reciente.

"Peores transportes no son solo un sufrimiento cotidiano y mayor tiempo consumido diario, sino una mayor probabilidad de sufrir un accidente. Caminos defectuosos pueden llevar a que en caso de una enfermedad no se llegue a los servicios de salud; la falta de obras en zonas inundadas desembocará en tragedias; vivir en áreas altamente contaminadas causa más enfermedades. Esta faceta de la desigualdad conlleva la doble dimensión del riesgo. Una es objetiva y calculable: la mayor probabilidad de tener un percance trágico. La otra es subjetiva pero omnipresente: vivir con la experiencia de dicha amenaza que, aún si no se concretase, implica mayor nivel de estrés y de sufrimiento" (Kessler,G).

¿Qué fue lo que sucedió: una tragedia, una injusticia, un delito? Cuando pensamos en delitos los más visibles son los llamados de la inseguridad, los cotidianos, esos que en general son adjudicados a los jóvenes más pobres. De allí surgen distintas propuestas demagógicas, como por ejemplo bajar la edad de imputabilidad, que no dio resultados en ningún lugar. Estas propuestas reaparecen antes de las elecciones, no hay respuestas ni políticas más o menos renovadoras hasta el momento. Si bien no se justifica, este delito se entiende más, porque la exclusión social produce lo peor de lo peor.

Hay otros delitos que producen un gran daño social, que son los económicos. Podríamos llamarlos delitos mayores. Hoy hay un giro de la mirada hacia éstos, no porque los primeros no sean graves sino porque los últimos los superan por sus consecuencias amplificadas, nuevamente una maximización ahora de daños.

Surgen muchos interrogantes desde la gente, es decir de los que estamos en el llano. ¿Es desidia, es inoperancia, es insolvencia, es corrupción, es connivencia? ¿Qué es esto? En términos generales observamos que hay leyes universales que son sustituidas por leyes de privilegio como en la Edad Media. Por eso hoy se gira la mirada del joven delincuente. Sin dudas que merece una sanción -que es diferente al castigo- hacia el delincuente mayor. Se advierten dos niveles que funcionan simultáneamente: por un lado el nivel donde se sanciona, se cancela y se inhabilita un delito mayor, lo que tranquiliza, ya que transmite que no todo es posible. Y otro nivel que es de exención de penas, de zonas liberadas respecto de comparecer ante las responsabilidades que les competen, de complicidades varias, de pactos en altas esferas. Hay un nivel donde todo es posible, donde todo es posible para algunos y tenemos la sensación que a cualquiera nos puede pasar cualquier cosa, en cualquier lugar y en cualquier momento.

Nos preguntamos: ¿cuál es la trama invisible y mafiosa que corroe, corrompe y rompe los lazos? ¿Por qué el imprevisto que ya había sido visto, conocido, repetido, denunciado desde años, que ya se lo veía venir, recién ahora tiene una inhabilitación? ¿Por qué fue necesario que la trama invisible se devele de este modo trágico y recién ahora?

Seguramente estar en el lugar de la representación es difícil y presidir, gobernar, dirigir en distintos niveles no es sencillo. Desde luego que no todos son iguales, que hay gente a la altura de las circunstancias, creativa, productiva, que desde sus obras y congruentes trayectorias trabajan por el bien común. Pero expreso un deseo: que todos podamos tener una mirada insomne atentos a quienes nos representan, que no se crean dueños del lugar que les adjudicamos. Viene a mi memoria una frase de Shakespeare, tan antiguo y tan vigente: "¡Velen por Roma los venerados dioses y que solo hombres de bien ocupen los sitiales de la justicia!".

Que así sea.

Stella Maris Firpo

Doctora en psicología

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