Opinión
Viernes 19 de Mayo de 2017

Del Watergate al Rusiagate

Desde que Donald Trump asumiera la presidencia de los Estados Unidos los medios de comunicación más serios de ese país, liderados por la prensa escrita, vienen aumentando sus lectores en sus ediciones impresas y digitales.

Desde que Donald Trump asumiera la presidencia de los Estados Unidos los medios de comunicación más serios de ese país, liderados por la prensa escrita, vienen aumentando sus lectores en sus ediciones impresas y digitales. El motivo es sin dudas la multiplicidad de historias, algunas más interesantes que otras, que produce la personalidad de un mandatario que a esta altura ya se sabe con certeza que no pasará desapercibido por la Casa Blanca.

En uno solo de los temas que generan mayor controversia, la relación con Rusia, en cuatro meses de gestión Trump ha despedido a su consejero de seguridad nacional Michael Flynn (duró sólo 24 días en su puesto) por su estrecha y sospechosa relación con el embajador ruso en Washington y el supuesto apoyo recibido desde Moscú para la campaña presidencial republicana. El tema no quedó ahí: la semana pasada Trump despidió también al director del FBI, James Comey, quien se habría negado a dejar de lado la investigación de lo que ya asoma como el Rusiagate.

Para completar esta compleja relación con el presidente ruso Vladimir Putin, un día después de haber echado al director del FBI, Trump recibió en la Casa Blanca al embajador ruso Sergei Kislyak y al canciller Sergei Lavror. Según el diario The Washington Post, el mismo que ventiló el caso Watergate y le costó el cargo a Richard Nixon en 1974, Trump les reveló a los rusos en esa reunión información secreta de inteligencia que le había aportado un tercer país, casi con seguridad Israel. Lo que sabía Trump y lo compartió con los rusos era la preparación de atentados de Estado Islámico a través del uso de computadoras portátiles para hacer estallar aviones comerciales en pleno vuelo. Desde marzo, Estados Unidos e Inglaterra impusieron una restricción a diez país musulmanes de transportar hacia sus aeropuertos notebooks y otros objetos electrónicos en equipajes de mano de los pasajeros. Y se supo la semana pasada que Estados Unidos implementaría similar medida desde todos los vuelos provenientes de Europa.

A pesar de la gravedad de la información que Trump compartió con los rusos y que el diario no publicó en su totalidad para no hacer peligrar las operaciones de contrainteligencia tendientes a impedir los atentados, en Washington ese tema crucial pasó a un segundo plano. Se puso el foco en si Trump había puesto en peligro la seguridad nacional al compartir información clasificada con un clásico adversario o si había comprometido al tercer país que filtró el dato al no tener autorización para hacerlo.

Estados Unidos y Rusia comparten la necesidad de combatir a Estado Islámico en Siria e Irak, pero no coinciden en la estrategia política internacional en esa región, donde Rusia sostiene la dictadura de Assad en Siria y también respalda a Irán. Son socios en algunos asuntos y rivales en otros, aunque no al punto de la época de la Guerra Fría.

En realidad mientras está en juego la vida de miles de personas a bordo de aviones comerciales por todo el mundo, en Estados Unidos equivocan el foco de atención. Este nuevo capítulo del Rusiagate también tiene componentes de espionaje, aunque en relación al terrorismo internacional y no al doméstico como el Watergate, cuando robaron documentación y colocaron micrófonos ocultos en la sede demócrata de ese complejo de edificios en Washington.

Lo llamativo del caso es que en el artículo del Washington Post donde se informa de la filtración de Trump a los rusos sobre los planes de Estado Islámico, los autores de la nota, Greg Miller y Greg Jaffe, dos jóvenes reporteros de la redacción, basan su información en fuentes oficiales. Es decir, del mismo círculo áulico de Trump alguien les dio detalles de la reunión a los periodistas. También pudieron haber sido los rusos para desprestigiar a Trump, pero parece menos probable.

Como siempre ocurre, lo primero que hicieron los funcionarios de la Casa Blanca fue desmentir la información del diario, pero esa negativa sólo duró unas cuantas horas hasta que el propio Trump admitiera que lo hizo y lo justificó en que la ley lo amparaba.

En el caso Watergate de la década del 70 sucedió algo similar cuando la precisión de la información del diario complicaba día a día a Nixon hasta forzarlo a renunciar. Es que la fuente, el misterioso e incógnito "garganta profunda", era nada menos que William Felt, un agente del FBI, según se supo casi 35 años después.

Mas allá de las similitudes de ambos escándalos políticos en Washington y sus derivaciones políticas, en este caso se trata de la vida o la muerte de miles de personas como posibles blancos del terrorismo fundamentalista islámico. Asunto que parece quedar reducido a un peligroso segundo plano en los análisis e interpretaciones de la prensa mundial.

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