Opinión
Sábado 08 de Julio de 2017

De los muchos silencios

Pedirle a estudiantes de Comunicación Social que se expidan sobre la violencia del Estado de ese país es al menos ingenuo y subjetivo.

Leí con mucho interés la nota de opinión "Un silencio significativo" publicada por La Capital el 4 de julio, firmada por el profesor Rubén Chababo. Si bien ese silencio refiere a la actitud de los sectores estudiantiles universitarios vinculados a la militancia, su interrogante se extiende a otros sectores del progresismo argentino que no se manifiestan en torno al tema de la represión estatal en Venezuela sobre determinados sectores de la sociedad civil.

Los términos de la nota me remitieron a la Carta Abierta firmada por varios intelectuales de diferentes países, entre ellos Maristella Svampa, prestigiosa socióloga y filósofa argentina en la que se advertía sobre la "deriva autoritaria" del gobierno de Nicolás Maduro como respuesta a "la acción de una derecha violenta y antidemocrática que busca borrar de la faz de la tierra todo lo que ha significado el chavismo en términos simbólicos y políticos para el mundo subalterno". Tales manifestaciones obtuvieron repudios violentos de distintos sectores de la "izquierda" argentina aglutinados en movimientos sociales a los que la propia Svampa ha pertenecido (1).

También recordé que pocos días atrás el analista internacional Pedro Brieger, cuyas convicciones ideológicas son difíciles de desconocer, dijo en su columna televisiva el día del ataque a una guarnición militar en Caracas que produjo dos muertos civiles y que el Estado no puede justificar el asesinato de ciudadanos cuando existen otros protocolos de represión legítima para hechos de esa naturaleza. En principio, la prevención de que ocurran.

La situación venezolana es harto compleja y pienso humildemente que estamos muy lejos de tener todas las informaciones indispensables para realizar un análisis más preciso de lo que allí está ocurriendo. No bastan las consignas tales como "Venezuela tiene petróleo y el Imperio quiere apoderarse de sus riquezas", y la del otro lado, "debemos destruir la dictadura chavista".

En este punto es bueno decir que no existe un "progresismo" como tampoco "una izquierda". Si hay algo que marca la derrota de los procesos emancipatorios latinoamericanos y la caída en gobiernos retardatarios neoliberales es la imposibilidad manifiesta de los sectores que adscriben a esas posturas de profundizar un debate que lleve a un camino de unidad programática que inicie un camino de acciones comunes. Ese debate está ocluido por dogmatismos inquebrantables.

Las posturas críticas, en el sentido marxista del término: desenmascaramiento, ruptura con lo dado, distanciamiento, no existe como práctica intelectual o política en nuestra triste posmodernidad más allá que desde algunos sectores de la "academia" se pregone la pertenencia a ese pensamiento. En la práctica, en la vida de las sociedades no se verifica; cada vez más es el pensamiento único hijo de las visiones binarias: blanco–negro, bueno–malo, liberal–autoritario, etcétera, el que prevalece.

Por ello, pedirle a un grupo de estudiantes de Comunicación Social que se expidan sobre la violencia del Estado de Venezuela hacia sus civiles es al menos, ingenuo. Decía Walter Benjamin que "... el significado de la distinción de la violencia legítima e ilegítima no es evidente sin más..." y señalaba a manera de clara advertencia: " ...hay que cuidarse de un gran equívoco: el de la violencia con fines justos y con fines injustos" (2).

Uno de los elementos instituidos de la Modernidad es la Declaración de los Derechos Humanos y del Ciudadano, en cuya misma enunciación no es claro si los términos "Hombre" y "Ciudadano" denominan dos realidades autónomas o forman un sistema unitario, pero sí parece que en el primero está contenido en el segundo y oculto en él. Sin embargo, el tiempo ha dejado de estimar dicha declaración como proclamaciones gratuitas de valores que rebasan el ámbito jurídico, tendientes a vincular a los Estados al respeto de principios éticos eternos, para considerarlos en la función histórica real, de la cual dependen radicalmente la formación del Estado moderno. Más aún, la Declaración de los Derechos humanos ha devenido en una figura retórica tan imprecisa como otras muchas, porque "la tranquilidad del pensar que se impone tras una catástrofe nunca ha llegado" (3). Los derechos humanos, hasta ahora, han fracasado en su intento por dignificar a la persona porque forman parte de las representaciones en la cual el sustrato orgánico del viviente humano se inscribe en el orden político.

Con tanto para pensar, reflexionar, conocer y debatir, lanzar una opinión desde las subjetividades bombardeadas por mensajes contradictorios y sesgados es al menos irresponsable.

Volviendo a Venezuela, la mayor tragedia es el status quo de un orden trabado, asediado, precario, frágil, del que las mayores víctimas son los propios ciudadanos.

(1) http://www.resumenlatinoamericano.org/2017/06/05/venezuela-mientras-sigue-la-guerra-fascista-maristella-svampa-sube-la-apuesta-con-una-carta-abierta/

(2) Walter Benjamin, Para una crítica de la violencia, Buenos Aires, Leviatan, 1995, p. 29.

(3) H. Arendt, Los orígenes del totalitarismo, Harcourt Brace & Company, Nueva York, 1979, p.342

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