La lupa
Jueves 11 de Mayo de 2017

De dieta

Es una refinada paleta de torturas por estos días. No hay quien, en algún momento, deje de pensar en esos kilos de más que primero molestan, después preocupan y por último se tornan en un espanto que se lleva a cuestas. Y recurre a la dietas. Y hay tantas y tan variadas que se tiene la impresión de que existe un tipo para cada quien.

Las hay vegetarianas, proteicas, ancestrales, líquidas, de alguna fruta, de la Luna, suaves, salvajes, para cada gusto, bah. Pasa que, después de un tiempo de oponerse con distintos grados de firmeza, todo termina reducido a una competencia para esquivar calorías. Y así, el dulce de zapallo tiene tantas menos que el de batata, el queso port salut tantas menos que el Mar del Plata, las galletitas de salvado menos que el bizcocho de chicharrón, el asado de vacío tantísimas menos que la tripa gorda rellena, y las heladeras se llenan de zapallitos, berenjenas, cebollas y toda una corte de los milagros de las verduras. Ya no se piensa en el paladar, la primera víctima de este certamen.

El otro gran castigado es el espejo, que debería tener el tino de apaciguar ansiedades, pero no, el tipo se monta en eso de "con la verdad voy a cualquier lado" y muestra impúdicamente rollos puestos en proporciones y lugares inadecuados, y carencias insospechadas que lo ponen al borde de ser suicidado.

Por último, no debería ser tan tremendo. No se puede dejar de comer, pero sí se puede dejar de vaciar los stocks de hamburgueserías, panaderías, heladerías y embotelladoras de gaseosas como si fuese el último día. Justamente por eso ahora tienen que mirar cómo los demás rascan la fuente de una lasagna de cinco pisos cubiertos por un queso exquisito, y que rematan con una generosa porción de imperial ruso.

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