Opinión
Viernes 03 de Marzo de 2017

Ceniceros y galeras

Radiados de bares y confiterías y por sobre todo por las campañas antitabaco, los ceniceros están condenados al destino de las galeras, de las ruedas de carro, los carros, del frac, el chaqué...

Radiados de bares y confiterías y por sobre todo por las campañas antitabaco, los ceniceros están condenados al destino de las galeras, de las ruedas de carro, los carros, del frac, el chaqué (el smoking resiste como puede), las polainas, las cocinas a leña, las heladeras con barras de hielo, las alcuzas para al alcohol de quemar y tantos otros artefactos que la tecnología o el desuso han apartado de la vida diaria.

Así, con el tiempo los ceniceros van a quedar confinados a círculos selectos, como conservadores clubes para caballeros que fuman puros, o a usos alternativos como cuencos para dejar llaves u objetos decorativos hechos en cristal, cerámica, madera fina.

Junto con los ceniceros, los cigarrillos alguna vez pasarán al olvido, o serán de consumo muy reducido, la mayoría de los fumadores lo piensan y lo quieren. El costo de un instante de relax y tranquilidad que dan es demasiado caro por tan poco.

Las alternativas asoman tímidamente en medio de una gran parafernalia para que los fumadores abonen la costumbre. Así han aparecido los cigarrillos electrónicos que tienen un tenue parentesco con los tradicionales. Pero reúnen varias características insólitas: llevan baterías que se recargan como los celulares, queman compuestos líquidos y esencias extraídas en laboratorios, producen un humo raro con olores a la carta, y abonan cientos de polémicas sobre si son nocivos o no y si no explotarán cuando menos haga falta.

No hay caso, lo mejor es no fumar y que los ceniceros queden vacíos, como meros regalos que nadie quiere pero que todos hacen.

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