Opinión
Miércoles 28 de Junio de 2017

Cartuchera

La primera caja donde estaban los lápices de colores era de seis. Supongo que los primarios y algo más. No eran grandes, quiero decir largos.

La primera caja donde estaban los lápices de colores era de seis. Supongo que los primarios y algo más. No eran grandes, quiero decir largos. Eran lápices comunes con el rojo, verde y azul y acaso el negro, el marrón y el amarillo para completar la media docena. En aquel segundo grado dibujar era importante.

El cuidado de las pertenencias era vital. Estábamos aprendiendo y cuidar lo propio era parte de ese aprendizaje. No era sencillo comprar lápices de colores y la recomendación era esa. "Cuidalos, que cuestan caro". La medida de lo caro y lo barato venía de los padres, en este caso la vieja. Ella fue quien, además, decidió. Tomá, esta es una cartuchera. Allí ponés todo.

Lo caro y lo barato. El todo y la nada. Los valores absolutos dependían del que mandaba. En este caso la vieja. El todo estaba compuesto de lápiz negro, goma de borrar, sacapuntas y los lápices de colores. La cartuchera era igual a un monedero de la abuela Pepa, pero más alargado. Azul. De un cuero que no era cuero y de un color que no desteñía pero tampoco brillaba. Se oía un ruido dentro de la cartuchera. Un vaso de plástico rojo, que parecía un envase de polvos faciales o betunes y que, al quitarle la tapa a rosca, podía estirarse por círculos concéntricos, de medidas apenas diferentes, hasta formar eso: un vaso para el agua del bebedero o la canilla. A veces una regla de madera estaba en la cartuchera. A veces quedaba olvidada en la casa, sobre la mesa donde se hacían los deberes y se subrayaba el fin de las "Tareas para el hogar". Los eufemismos siempre nos acompañaron. Deberes.

La cartuchera estaba dentro de la mochila que, con arneses, se ajustaba a la espalda, trabajosamente en invierno, un invierno de camisetas gruesas, pulóveres debajo del guardapolvo y por fuera también. En el verano el juego de la mochila sobre la espalda liviana, y el año a punto de terminar, ponía las cosas en estado de distracción. Era el momento de la vieja: fijate si tenés todo en la cartuchera.

El "Fáber número 2" ya había sido remplazado dos veces, habíamos perdido el color negro y gastado el rojo y el azul más que el verde y el marrón. La cartuchera era el cofre de los milagros. Como decía la vieja, allí estaba todo. El sacapuntas era un arma de defensa para los dibujos alegóricos (otro eufemismo. Cabildo, Casita de Tucumán. Bandera. Arbol y río. Vaca. Perro. Niños jugando en el recreo. Acaso "la hormiguita viajera", que con su vestido facilitaba el dibujo). Dos cuestiones absolutamente diferentes se suman al recuerdo de la primera cartuchera. Sonia, que a los lápices de colores les decía "crayons", con una extraña pronunciación. Pirucho, que tenía una cartuchera de madera, con tapa corrediza. En la escuela aparecían todas las formas de lo diverso. Hasta las más simples. Es otra utilidad de la escuela. Otra más y van?

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