Opinión
Jueves 20 de Abril de 2017

Banquitos

Estaban las tres hablando, sentadas en los banquitos puestos en las veredas nuevas de Entre Ríos, entre Rioja y Ricardone.

Estaban las tres hablando, sentadas en los banquitos puestos en las veredas nuevas de Entre Ríos, entre Rioja y Ricardone. Estaban vestidas igual, pantalones azules y camisas blancas, y charlaban comiendo yogures y barritas energéticas. La escena distaba de ser común en medio de una zona de intenso tránsito. Los ruidos y el desfile de gente, bolsos y changuitos no perforaban esa burbuja dentro de la que se habían metido las tres chicas que estarían hablando de una jornada de trabajo en un negocio o una oficina cercana. Dichosas.

No es fácil sustraerse de esa forma a un entorno ruidoso y no exento de tensión. Pero son esas cosas que tiene el centro. Por ahí se construyen esos oasis de tranquilidad, espacios que están limitados solo por la intención de que sea eso. Lo raro es que no se trata de una plaza como la Pringles (por nombrar algo cercano al lugar nombrado) donde los árboles, los arbustos y los caminos interiores arman un ambiente recoleto, más propicio para ese tipo de interrupciones de la rutina diaria, abierto más a la contemplación y el disfrute, sino que es una vereda ensanchada.

Esos banquitos de cemento suponen una alternativa fugaz, instantánea al hecho de entrar a un café y esperar ser atendido. Y los que se sientan en ese pedazo de vereda empiezan a sentir que les pertenece un poco más, es otra parte que no resulta hostil, fría, desangelada.

Los habitués de la zona del Parque de España lo experimentan. La mayoría de las veces van al mismo lugar, se tienden en el pasto o lanzan sus ojos a la lejanía de las islas desde algunos de los bancos de la costa, caminan por los senderos de cemento, tratan de llenarse los oídos de silencio. Es una especie de refugio. Es bueno que se extiendan esos refugios al interior del centro. Pero mejor será que la gente comience a tomarlos como tales.

Comentarios