Cuidacoches
Viernes 21 de Abril de 2017

Aturdidos por el silencio

El muchacho estaba en cuclillas tapándose los oídos con las manos. Era un cuidacoches que tenía la parada en Güemes entre Moreno y Dorrego.

El muchacho estaba en cuclillas tapándose los oídos con las manos. Era un cuidacoches que tenía la parada en Güemes entre Moreno y Dorrego. Un vecino que lo conocía le pregunta si se siente bien. "Me aturde el silencio", le dijo, y no, no estaba bien. El hombre le recomendó que escuche música con el celular y a los pocos segundos el joven, con pareja y tres hijos chiquitos, hábil electricista, se enfrascó en el aparato del que comenzaron a sucederse las cumbias. Y recuperó la compostura.

Es una postal de una ciudad que muestra en forma cruda, realidades encontradas, y todo en pocas cuadras. Desde ya que no da para montarse en una narración apocalíptica del caos, el atropello y un desamor suicida del rosarino porque no es así, pero el ruido ambiental configura retratos sociales. Porque si Güemes aturde con el silencio, muy cerca, el empedrado de la avenida Arturo Illia recuerda el paso raudo de los autos, que se replica en los edificios. Y esos ruidos, que se repiten como olas, terminan incorporándose al paisaje y se hacen poco menos que inaudibles.

Y por ahí, la ausencia de chicos que llenan sus juegos con exclamaciones, las conversaciones de una vecina a otra medianera mediante, el ladrido extemporáneo de varios perros en algunas cuadras de algunos barrios, genera ese silencio que abruma. No es que sobre, es que no resulta habitual, no está incorporado, y pesa, se hace sentir, agobia.

Los otros ruidos, las risas, las charlas, hasta las reconvenciones son manifestaciones de vida que exteriorizan alegrías, angustias, pesares, interacciones que devienen de una amistad, que son una forma de solidaridad. De noche, muy probablemente, el silencio sea solo la advertencia de un peligro latente.

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