Donald Trump
Miércoles 01 de Marzo de 2017

Arcos de triunfos y más guerras

Los generales romanos que volvían vencedores de las guerras por el imperio eran recompensados, entre otras cosas, con un arco del triunfo.

Los generales romanos que volvían vencedores de las guerras por el imperio eran recompensados, entre otras cosas, con un arco del triunfo. Uno de los más significativos es el que se levantó en honor a Tito, y que aún hoy se lo puede ver en Roma. La particularidad de este monumento del siglo I después de Cristo, que llegó intacto a la actualidad, es que tiene tallados varios relieves con escenas de la gesta militar, entre ellas la de un saqueo en Jerusalén.

No sólo los romanos hicieron este tipo de arquitectura honorífica. Mucho después, en el siglo XIX, el Arco del Triunfo de París, en un extremo de la avenida de los Campos Elíseos, fue levantado por orden de Napoleón Bonaparte para conmemorar la victoria francesa en la batalla de Austerlitz contra el eje ruso-austríaco.

Ya en el siglo pasado, las tropas alemanas que invadieron la Unión Soviética transportaron una piedra especial de color rojizo para erigir un monumento, no se sabe de qué tipo, para celebrar lo que sería la victoria sobre Stalin. Pero derrotadas las fuerzas alemanas en las puertas de Moscú, ese material de construcción fue utilizado por los rusos para los frentes de algunos edificios sobre la avenida que desemboca en la Plaza Roja.

Tal vez estos ejemplos del pasado son los que inspiran al presidente norteamericano Donald Trump, quien anunció que su país debe "comenzar a ganar guerras otra vez". Trump fue consecuente con ese objetivo al proponer aumentar los gastos militares. Para el año que viene quiere incrementar los recursos para sus fuerzas armadas en un 9 por ciento, unos 54 mil millones de dólares. El presupuesto actualmente ronda los 600 mil millones de dólares y es por lejos el más abultado del planeta.

Salvo la participación norteamericana en la Segunda Guerra Mundial contra el nazifascismo, las incursiones militares de los Estados Unidos han sido polémicas, en algunos casos, y repudiables en un gran número. Invasiones reiteradas en países centroamericanos para deponer adversarios políticos y la guerra de Vietnam son algunos ejemplos de la imperial política de Washington que, a partir de los ataques a las Torres Gemelas de Nueva York en 2001, comenzó una serie de guerras de las cuales aún hoy se sufren las consecuencias. Un ejemplo es la invasión de Irak justificada para destruir un arsenal de armas de destrucción masiva que nunca se encontró. Desde entonces toda la región cayó en un abismo.

¿Quién podría no estar de acuerdo con el combate a dictadores y criminales como los talibanes en Afganistán, Saddam en Irak o Kadafi en Libia? Pero lo que ocurre es que lo que vino después ha sido mucho peor para esos pueblos, con años de violencia sin fin entre grupos internos o sometidos a los ataques del fundamentalismo islámico.

Además, Estados Unidos no actúa ni califica con la misma vara a los regímenes totalitarios y según su conveniencia mira para otro lado ante situaciones similares. El caso más patético es la estrecha relación de alianza estratégica que mantiene con Arabia Saudita, una monarquía teocrática que relega a la mujer a casi un objeto de la sociedad y encarcela a opositores políticos sólo por pensar distinto.

En las cárceles sauditas está preso desde 2012 el joven Raif Badawi, creador de un sitio web donde se debatía sobre política. Fue condenado por "traición al islam" a 10 años de prisión y a mil latigazos, de los que sólo recibió 50 por la presión internacional. Sin embargo, a las tropas norteamericanas nunca se les ha ocurrido "liberar" ese país de la opresión.

Por eso, cuando Trump promete ganar más guerras, el mundo civilizado mira con escozor. ¿A qué se refiere? Si es luchar contra el delirante y criminal Estado Islámico en Irak y Siria, ya existe una coalición internacional, a la que se suman los iraquíes y kurdos, que los combaten con éxito.

¿Querrá Trump tener su propio arco del triunfo?

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