Opinión
Domingo 18 de Junio de 2017

Añoranza

Este viento frío de otoño pasado por agua le desparrama los cabellos despeinándolos en desorden. Siente por un instante que todo es así, un maldito desorden.

Este viento frío de otoño pasado por agua le desparrama los cabellos despeinándolos en desorden. Siente por un instante que todo es así, un maldito desorden. Percibe que estas ráfagas alardean de intensos aromas a tierra mojada y hojas machucadas. Aunque como a algunos guisos completos, le falta sal. Sal y arena. Y recuerda los rugidos de tigre en aquellos días en que el viento del mar envía mensajes encriptados. Vete, parece advertirle al empecinado que se sujeta el gorro de lana con una mano enguantada para que no se lo arranque convirtiéndolo en un bollo oscuro adherido a un nuevo destino. La espesa espuma amarillenta amenaza cubrir las dunas. Y entonces el hombre rumbea para el parador envuelto ya en una furiosa llovizna. Unas rabas tiernas humeantes rociadas con limón y un gran balón de cerveza negra aguardan. Los compinches, agrupados en varias mesitas de madera unidas, profieren risotadas cuando el caminante, que se siente victorioso por haber desafiado el sonido y la furia yendo y viniendo hasta el muelle de pescadores, se golpea el pecho con ambos puños y luego baja de un trago la cerveza limpiándose la boca con la manga del ajetreado sacón. Es un vikingo indomable. Por nada del mundo se habría quedado encerrado leyendo cerca de la estufa. Excesiva comodidad de gato de departamento para él. Levanta otro balón y todos entrechocan copas y vasos. Más rabas, pide uno. Y le recomienda al Gallego dientes de rastrillo que no vaya a faltar la cerveza, que la reunión será para largo. No se amilana tras la bravata el dueño del antro y abriendo las puertas de la vieja heladera comercial exhibe el interior repleto de botellas dispuestas al azar. Gritos y festejos tapan por un momento el llanto desconsolado de un viento solitario.

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